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Luis Piedrahita

Luis Piedrahita ofrece una perspectiva de la vida en contrapicado. Magnifica el más mínimo detalle. Es capaz de hacer que una cosa que a simple vista resulta insignificante se convierta en motivo de un extenso análisis.
Habla de las cosas simples con mucho ingenio.
Es famoso por sus apariciones televisivas en “El Club de la Comedia” o en “El Hormiguero” y también por los libros que contienen sus monólogos, que permiten releer para no perderse detalle.
El pasado viernes, Luis Piedrahita se preguntó, sobre el escenario del Anfiteatro Pui Pinos de Alcañiz, porqué los mayores construyen siempre los columpios encima de un charco y, el público llenó el palco a pesar de saber que seguramente no obtendría ninguna respuesta.

¿Las cosas pequeñas son algo mal tratadas en esta sociedad?
Las cosas pequeñas es el punto de vista que yo uso para contar y hacer el tipo de monólogos que a mí me apetece. Siempre para hablar desde la vulnerabilidad, algo más ingenuo, un tipo de humor mucho más naif.
La cosa pequeña es algo fantástico para sentarse con ella y hablar de esos pequeños seres a los que nadie trata con el respeto que se merecen. Aunque, bueno, las cosas pequeñas, depende de cuáles sean, si son un hilo de brillantes o un tubito de plutonio, pues hombre, la gente las respeta. Pero luego hay otras, más cotidianas, más de andar por casa, como las tuercas o los topecillos blancos con forma de supositorio de estos de plástico que hay debajo de la taza del váter que no se tratan con el respeto que se merecen.  

¿Cómo consigues que nos haga tanta gracia escucharte hablar de cosas que están tan presentes en nuestra vida cotidiana?
Bueno, no hace tanta gracia, pero es raro. Es más extraño, yo creo, que gracioso, porque te hace volver a sentirte un niño. Me explico: yo lo que he hecho con estos monólogos de las cosas pequeñas ha sido copiar la forma de mirar que tienen los niños. A un niño lo dejas suelto en la playa o en el suelo mismo y lo que hace es, de todo el mar, de toda la playa, de toda la inmensidad del océano, le interesa sólo una concha que se encuentra y se queda mirándola quince minutos. Claro, es la primera que ve y eso le deja fascinado. Entonces, hablar durante quince minutos de una concha equivale a pensar y a mirar como mira un niño, que coge un botón y está ahí también veinte minutos mirando el botón y tú le puedes regalar un coche teledirigido y lo que le interesa es la caja o el papel, y está quince minutos haciendo una bola con el papel. Pues yo hablo quince minutos sobre el papel, sobre los botones, o sobre las conchas y la gente se siente extraña, porque el niño mira realmente durante tanto tiempo sus objetos porque está descubriéndolos. Yo me las ingenio para contar cosas de los botones o de los papeles o de las conchas que la gente no sepa. Por lo tanto se vuelven a sentir descubriendo un objeto pequeño y vuelve a ser “ser niño”.

¿Cómo es la preparación de un monólogo tuyo, desde que eliges el tema hasta que sales al escenario?
Pues es farragosa, ardua, afanosa, pero divertida. Se elige el tema, se busca un objeto que pueda tener algo de poesía y evocación: las chancletas. Ah, muy bien, ¿y qué tipo de chancletas hay? Pues mira, está esta que llevas tú, que es la chancleta “tanga”, que lleva como un tanga y que tiene algo feo y es que enemista al dedo Pulgar con el resto de los dedos. Fíjate cómo nos estamos yendo a un sitio muy extraño y estamos hablando de una cosa que todos hemos visto que es esta chancleta que llevas tú. Estas chancletillas con estas tiritas que tienen un pivote que separa al dedo Pulgar del resto de los dedos y ya estás contando una historia donde un Pulgar hace tiempo ya que no ve al resto de los dedos del pie y tienes un punto de arranque. Luego, de ahí, ya vas construyendo, y que quede lo más divertido posible. Lleva tiempo, pero queda muy bonito.

¿Siempre sabes cómo va a reaccionar el público?
Nunca sé cómo va a reaccionar el público cuando es un texto nuevo. Cuando es un texto que ya he hecho muchas veces puedo intuirlo, pero el público reacciona mucho dependiendo de lo que yo haga. Y lo que no sé es cómo lo voy a hacer yo, porque en un momento te puede fallar la voz, te puede fallar un gesto. Si tartamudeas en un momento determinado, a la hora de decir un chiste o una frase, no entra el chiste o entra de otra manera, o en vez de reírse, van a sonreír, o en vez de aplaudir va a ser sólo una sonrisa o una carcajada. Es imposible predecir cómo va a reaccionar el público pero porque es imposible predecir qué es lo que voy a hacer yo.



Perdona, pero te escuchaba hablarle antes, al técnico, de la luz: si la luz se apaga o no se apaga, el público se ríe o no se ríe. ¿Cómo es esto?
Claro, eso tiene una explicación muy clara y es que la risa está muy sobrevalorada y un poco equivocada. La gente cree que la risa es consecuencia del humor y, sí y no. La risa es una respuesta a un estímulo. Si yo te hago cosquillas, tú te ríes y eso no tiene nada que ver con el humor. O te emborracho y te ríes y no tiene nada que ver con el humor. O vamos a un funeral y seguramente nos tronchamos de risa, porque en los tanatorios un ataque de risa es muy típico y eso no tiene nada que ver con el humor.
El humor y la risa es como el amor y el sexo. A veces van juntos y está muy bien, pero hay claros ejemplos de amor sin sexo, que es muy doloroso lleva al escozor. Y sexo sin amor, que son proezas gimnásticas que todo el mundo conoce. Pero lo ideal es cuando esas dos cosas van juntas.
El humor con risa es como el amor con sexo y el humor sin  risa es como el amor sin sexo, que está muy bien, amar a una persona así, en la sombra, echándola de menos y queriendo que te mire y que no te haga caso. Esto es mucho más poético y mucho más platónico. Y luego está la risa sin humor que está bien también. Es divertido que te hagan cosquillas, es divertido que te emborrachen y es divertido que te den un susto, pero va por otro lado.
Entonces ¿de qué depende la risa? No depende exclusivamente del humor, depende de estas cosas que hemos dicho, depende de que el teatro esté iluminado o no esté iluminado, de que estés con más gente o no. Por ejemplo, una cosa muy divertida son los Simpson. Si tú los ves sola en casa no te vas a reír más que una o dos veces, si los ves con diez amigos, os troncháis de risa. Ver una película de humor, una comedia sola o ver una comedia con amigos es distinto porque depende mucho de la cantidad de gente que haya. Si la ves con mucha gente desconocida, si la luz está apagada te ríes, porque te parapeta la oscuridad, pero si la luz está encendida te corta, porque no quieres que te vean reír gente desconocida. Entonces la risa depende de cosas muy extrañas que hay que conocer para poder hacer un espectáculo de humor y que la gente se ría, que es necesario, para que diga “qué bien ha estado esto, que me he reído mucho”.

Eres actor, guionista, mago y director de cine. ¿En todas tus obras muestras ese amor por las cosas pequeñas?
Pues fíjate, prácticamente en todas, porque la magia que hago siempre es magia de pequeños objetos y monedas y llavecitas y cartas. Además se llama “micromagia”, es mi especialidad. Los monólogos son siempre acerca de esos pequeños seres a los que no se les trata con el respeto que se merecen. Y la película que he hecho con Rodrigo Sopeña era de una habitación que se hacía cada vez más pequeña: cuatro actores en una  sola habitación y esa habitación se hacía cada vez más pequeña. El último libro que he escrito, que es un libro para niños, es un cuento sinfónico y es la historia de una pulga que va pasando de animal en animal. Es una historia para niños que se llama “Diario de una pulga”, viene con un CD con la música de Camille Saint-Saents y es para los niños, que son además los más pequeños de todos. Yo creo que esto si lo coge un psicoanalista se lo puede pasar pipa analizándolo.  

¿El personaje de Luis Piedrahita se corresponde con el propio Luis Piedrahita o te quitas las gafas entre bambalinas?
Yo creo que es muy parecido, aunque en el escenario está todo más armado y todo tiene un orden y todo es como ponerle una lupa delante, pero yo creo que es bastante coherente el personaje, que no hay traiciones ni contradicciones a lo que soy yo veinticuatro horas al día o a lo que soy yo en el escenario. Es muy parecido. Quizá abajo del escenario es más sosegado, es más pausado y es más tranquilo y arriba es un poco más gritón e histriónico. Digamos que yo cuando estoy abajo dejo hablar y escucho, y cuando estoy arriba no me callo.

¿Sabes porqué los mayores construyen siempre los columpios sobre charcos?
No lo sé. Fíjate, me encanta plantear preguntas sin que tengan respuesta porque una pregunta te mueve por dentro. La respuesta te para. La pregunta arranca una aventura del pensamiento, hace que tú vayas buscando y, en ese paseo en busca de la respuesta, a lo mejor no encuentras la respuesta, pero encuentras otras preguntas, igual de absurdas que te disparan y te estimulan en otras direcciones. Cuando encuentras la respuesta tiene algo de desazón. Es llegar a un destino, es el final de algo y, eso siempre tiene un punto triste, tiene también un punto bello que es: me paro, descanso y disfruto del viaje que he tenido y lo saboreo y lo paladeo.
Yo, en el espectáculo, planteo muchas preguntas para que a la gente se le dispare la cabeza en diversas direcciones y la mayoría de ellas no las respondo. Pero sí me gusta que en la búsqueda de una respuesta pueda encontrar otras preguntas, aunque no la respuesta, sí otras preguntas. Por eso casi todos los libros que he escrito plantean una pregunta y sirven para eso, luego ninguna de ellas se responde.

 

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