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Gonzalo Villa
Jueves, 04 de Enero de 2018 00:00

La taza de género

Una codiciosa, leyó la historia de Midas, pero cómo es natural, no perdió ni un ápice de egoísmo, y los dioses dispusieron que se encontrara con una taza, con una inscripción que ponía que las lágrimas vertidas en ella se convertirían en perlas. La mujer, naturalmente, como no tenía que arriesgar nada que le hubiera costado mucho conseguir, fingió llorar, lo que no le supuso mucho esfuerzo, evidentemente, y al punto la taza se llenó de perlas preciosas. Como desconfiaba, pues era consciente de sus pocos aprendizajes, temió que fuera un truco o engaño de alguien con más capacidad que ella, un mago o algo así, y llevó las perlas a un joyero, que le confirmó que eran auténticas y de excelente calidad. Cuando le preguntó por su origen, ella, por supuesto, ruin y mezquina, le mintió, indicándole que se las había dado un enamorado que sucumbió a su irresistible belleza, o sea verla y enamorarse. Claro, si llega a abrir la boca, la caga, eso también lo sabía. De todas formas, el joyero no advertía tal belleza, ni por asomo, y no se equivocaba, porque el cuerpo es el reflejo del alma. Y así fue roznando cuanto pudo, hasta que ya no pudo fingir más, estaba seca como una piedra. Entonces le vino a la cabeza asesinar a una de sus hijas, pues recordaba que se había visto diciéndose, que la quería mucho, casi tanto como a la otra. Y la asesinó para llorarla y acumular nuevas perlas. Finalmente se volvió más avara de lo que ya era desde que nació, habida cuenta de dónde había sido, habiéndose incrementado su parasitismo cada día que pasaba, como no podía ser de otro modo. -¿Y qué hizo?- Le pregunto el lector a su aprendiz. Y este respondió: -Mató a su otra hija-  Muy bien, eres un chico muy bien dotado para las historias – le dijo el maestro. Pero el aprendiz, apuntó que no era un final bien logrado, porque a nada que hubiera tenido conocimiento, y hubiera cocinado, sabría que pelando cebollas hubiera conseguido llorar, sin necesidad de asesinar a su familia. Porque supongo que también habría matado al marido y padre de las niñas. – Dices bien, pequeño saltamontes, pero eso lo hizo antes de encontrar la taza – Dijo el sabio, antes de culminar la velada con la historia del asesinato en el Orient Express.

No, perdona, no. Déjame. Lo dice fulanita, y te parece poesía, lo digo yo y te parece una tontada. Calla, quita. ¡Ay señor, qué sola estoy!


 

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