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Eugeni Fernández

Un marciano en la Tierra (Baja)

Pronto hará 42 años que me mudé a Alcañiz. El franquismo tocaba a su fin y los inviernos eran largos y duros en aquella época en la que, el cambio climático no había iniciado su diabólico proceso de aceleración exponencial. Debo admitir que, para un joven de 17 años formado en una gran ciudad y, asiduo de ambientes progres y vanguardistas, el choque fue considerable: me sentía como un marciano en un planeta extraño.

Alcañiz, como tantas pequeñas ciudades de España, se desperezaba después de largos años de pertinaz lluvia anestesiante, no solo en lo político, sino también en el ámbito económico, social o cultural.

La cuota de aire fresco, que ayudaba a mantener el pulso de la ciudad, estaba capitalizada, mayoritariamente, por una banda de irreductibles  que revolucionaban la vida cotidiana a ritmo de Rolling Stones, vueltas de manivela a la multicopista y dedos índices tiznados con la pintura negra de los sprays reivindicativos, así como por el grupo de jóvenes estudiantes que, de junio a septiembre, regresaban a sus hogares con la utopía bajo el brazo. Mientras, la mayoría de los alcañizanos, observaba lo que sucedía a su alrededor a través de una ventana (una y binaria), en blanco y negro y con los crípticos nombres de VHF y UHF.

Más de cuatro décadas después el panorama ha variado radicalmente. La revolución tecnológica ha abierto miles de ventanas al mundo a través de las que, por un principio físico, similar al de los vasos comunicantes, Alcañiz ha alcanzado niveles de calidad de vida y de atractivo, similares a los del resto del país, incluyendo las grandes ciudades. Y lo ratifican las empresas que se han establecido aquí en los últimos años, algunas de ellas de alto nivel tecnológico, que han apostado por la ciudad como plataforma de lanzamiento.

Cuando ahora, ocasionalmente, vuelvo a Alcañiz, son muchas las naves aparcadas. Los marcianos han venido para quedarse.

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