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Jesús Moreda

La Memoria

Escribía Jorge Luis Borges que “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. Una de las señales de que vamos entrando en edad es que se nos olvida lo que hicimos ayer y, sin embargo, nos vienen a la mente imágenes y vivencias lejanas en el tiempo y que permanecían disueltas en ese maremágnum sin fondo que es la memoria. Pero la memoria no es la verdad. Es nuestra verdad, una verdad a medias, una verdad sesgada, una verdad deformada, una verdad tergiversada en ocasiones interesadamente.

Conforme cumplimos años, la nostalgia va plantando sus tiendas en nuestra memoria y, como un mecanismo inconsciente de defensa del cerebro, tendemos a olvidarnos de lo negativo y a retener solo lo positivo. Así, como a Jorge Manrique en las “Coplas por la muerte de su padre”, cualquier tiempo pasado nos parece mejor. Recordamos lo que nos interesa y reconstruimos un pasado a nuestro antojo y lo adornamos con detalles y oropeles confeccionados por la fantasía. Nos dejamos engañar por nuestro caletre. Añoramos, por ejemplo, la etapa de nuestra infancia y rememoramos cuando jugábamos en la calle, los amigos, los tebeos, los aromas y sabores perdidos, los buenos momentos en definitiva y rechazamos las evocaciones desagradables, aquellas horas interminables y tediosas del colegio, los castigos físicos, las privaciones y la carencia de las comodidades que disponemos ahora… A veces desearíamos retornar a aquellos años que no volverán. De seguro, si se cumpliera este imposible deseo y nos topáramos de pronto con la dura realidad de entonces, nos arrepentiríamos enseguida y querríamos regresar de inmediato al presente. Pero soñar no cuesta nada. Por eso no puede haber nada más triste y terrible que se nos seque la memoria y nos roben los recuerdos.

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