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Ángel Hernández

Defendiendo la libertad de expresión

Hay mucha gente estos  días que opina que vivimos en una democracia imperfecta. Yo también lo opino. Pondré como ejemplo la libertad de expresión.  Siempre la he considerado una conquista, un derecho; bien ejercida claro está, que no todo vale a la hora de insultar y de pertrecharse tras identidades virtuales. "Si no creemos en la libertad de expresión para la gente que despreciamos, no creemos en la libertad de expresión", ha dicho en repetidas ocasiones Noam Chomsky quien apuntala su argumentación diciendo que "Goebbels o Stalin también estaban a favor de la libertad de expresión... de quienes compartían sus puntos de vista". El derecho a expresar y difundir libremente las opiniones es fundamental en nuestras sociedades; eso sí dando la cara, y sólo puede ser restringido por la Justicia en el caso de que incumpla las leyes que democráticamente se han impuesto los ciudadanos. En democracia, la opinión, no delinque.

En España la libertad de expresión (y creación artística) tiene dos muros infranqueables; uno es el  del catolicismo  y el otro es del rey. No deja de ser una paradoja que cuando menos católicos practicantes existen, cuanto más casos de abuso sexual en el seno de la iglesia se han conocido, mayor es la beligerancia en la defensa de la moral cristiana. De la moral de unos pocos, de unos ultras que se apoyan en el altavoz media para vocear supuestas ofensas. A mí no me ofende que un chaval haga un fotomontaje con la cara de Cristo, o que hagan una performance en carnaval (por todos los dioses, ¡En Carnaval!) Me ofende que se le multe por eso, que se empleen recursos públicos en perseguir y juzgar a la gente. ¿Qué hay de la irreverencia?  Me ofende que haya gente encarcelada por pensar diferente, que haya un especial celo en perseguir a todo cuanto proviene del espectro de la izquierda. Que a un rapero como Pablo Hasel se le juzgue por injurias al rey, únicamente por ponerle letra y melodía a lo que es una verdad incuestionable. Estando hasta el cuello de corrupción, teniendo delante al gobierno más inepto y sectario de la democracia, estas cosas vienen muy bien en determinados momentos para tapar las miserias de quienes verdaderamente deberían concitar el rechazo y la condena popular; quienes nos roban, nos han mentido, y se han envuelto en banderas para desviar el foco mediático y seguir haciendo de las suyas, recortando prestaciones, derechos y libertades.

Cuando se vomita odio en las redes, como demócrata me ofende venga de donde venga.  En esta sociedad hay demasiada bilis acumulada y demasiada hipocresía. El problema es que poco a poco han encontrado la excusa para coartar nuestras libertades, y la primera es la de expresión. Es nuestra obligación como demócratas defender el derecho a opinar, a expresarse con libertad. La clave es por un lado el respeto, y por otro entender que existe la sátira, la ironía, y que podemos disfrazar nuestra mala leche camuflándola en la creación y en la expresión. Sin más.

 

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