Banner

J!Analytics

Buscar columnistas

Jesús Moreda

El color de la verdad

Al poeta romántico Ramón de Campoamor se le debe la siguiente cuarteta: “En este mundo traidor, / nada es verdad ni es mentira. / Todo es según el color / del cristal con que se mira.” Obviamente, existe una Verdad absoluta, una Verdad con mayúscula que nos resulta imposible de abarcar en su totalidad. Y existen nuestras verdades particulares, verdades con minúscula, que son una interpretación parcial -en la doble acepción de parte y de falta de neutralidad- de esa Verdad, observada a través de la subjetividad de nuestros cristales o desde nuestra perspectiva interesada y arbitraria. Todos tenemos derecho a defender nuestra verdad pero no a implantarla por la fuerza cuando no se puede por la convicción y la persuasión.

A lo largo de la Historia, religiones e ideologías se han considerado depositarias y titulares exclusivas de verdades indiscutibles que han querido imponer a los demás a través de la censura, persecución, aprisionamiento, tortura e, incluso, aniquilación de los disidentes. La Iglesia Católica no fue la única en instaurar una Inquisición. De igual modo, otros credos religiosos y los sistemas políticos totalitarios, desde el fanatismo y la intolerancia, han creado sus propias inquisiciones para acabar con las herejías contra su ideario y con quienes no comulgan con los dogmas y los ritos de su pensamiento único, incuestionable y obligatorio.

Por desgracia, muchas veces la mentira es disfrazada de verdad y siempre ha habido, hay y habrá intelectos intransigentes y estómagos agradecidos dispuestos a creer cerrilmente y a pie juntillas cualquier mentira siempre que vaya teñida de su color o bien convenga a sus intereses y beneficio.

La verdad no la determinan los votos ni se alberga en las bocas que más vociferan; las mayorías cambian de opinión y los gritos de garganta. Como escribió Antonio Machado: “Tu verdad, no; la verdad / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela.”

Compartir

 

-