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Jesús Moreda

Los dineros públicos

Mucha gente común y también algunos políticos -habida cuenta de las propuestas que presentan- piensan que el Gobierno dispone de una máquina de fabricar dinero y que, cuando lo precisa, aprieta un botón y fluyen los euros. Nada más alejado de la realidad. La mayor parte de los recursos de los organismos del Estado se extrae de nuestras carteras a través de los impuestos. Cuanto más gastan los diferentes niveles de la Administración más nos estrujan y esquilman. Cuando se habla de servicios públicos gratuitos se está cayendo en un error. No hay nada gratis. Que disfrutemos de balde de ciertas prestaciones no significa que estas carezcan de costes. Todo tiene su valor y su precio y si disfrutamos de algo sin pagar es porque otros lo hacen por nosotros. Los servicios públicos se financian con los tributos que nos imponen.

Por ello, debemos exigir a los políticos, que, al fin y al cabo, se encuentran a nuestro servicio -aunque algunos sigan sirviéndose de nosotros y practiquen aquello del “usted no sabe con quién está hablando”- que gestionen nuestros recursos en aras del interés y bien generales con la máxima rigurosidad y evitando cualquier despilfarro. Por desgracia, nos hemos acostumbrado no solo a que nos machaquen con impuestos sino a que cargos aprovechados y corruptos metan mano en los fondos públicos y los gasten sin criterio en beneficio propio o de los amigos del poder o atendiendo a sus réditos electorales. Es muy fácil ser altruista y desprendido con la hacienda ajena.

Carmen Calvo, ministra de Cultura de Rodríguez Zapatero, manifestó en cierta ocasión que el dinero público no era de nadie. Los políticos creen que el dinero público les pertenece y que, desde el momento en que los votamos, les entregamos el poder para que obren como  crean conveniente y, muy a menudo, ignoran y eluden los numerosos límites y controles que las leyes y la ciudadanía imponen. El dinero público podrá no tener dueño pero se sabe muy bien de dónde proviene. Como dijo la escritora y poetisa estadounidense Gertrude Stein: “El dinero siempre está ahí; solo cambian los bolsillos”.

 

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