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Eugeni Fernández

Discrepar no es ofender

Uno de los beneficios que debía aportar la caída de los muros de la comunicación global, era descubrir diferentes puntos de vista que nos iban a enriquecer y hacer más tolerantes y diversos.

Lejos de ello, parece que la universalización de las redes sociales ha traído de la mano una bunkerización ideológica sin precedentes.

Ya resulta significativo que, en la lista de amigos o seguidores, tan solo se admita a los que son afines a los gustos y opiniones propias y, a menudo, nos neguemos  tan siquiera a conocer los puntos de vista de los que discrepan de nuestra interpretación de los hechos, pero lo que realmente resulta descorazonador, son las descalificaciones que reciben los que disienten.

La frívola utilización  de adjetivos como, nazi, fascista, totalitario o dictador, se cruzan con la ligereza del que saluda con un buenos días al vecino de la puerta de al lado, sin tener en cuenta la gravedad de esas duras palabras ni  la falta de base para otorgarlas por una mera discrepancia ideológica.

Según mi punto de vista, el problema radica en la falta de argumentos para defender nuestra postura. La sociedad actual nos invita al consumo rápido y “picadito” de información, lo que conlleva un conocimiento poco profundo de los temas sobre los que opinamos y como consecuencia, a sentir inseguridad a la hora de defenderlos, de manera que el insulto, la manipulación y la descalificación, son los mejores recursos de los que disponemos para afianzar nuestro ego.

Cuando la frase, "Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo", falsamente atribuida a Voltaire y datada a primeros del siglo XX , nos suena revolucionaria y cargada de esperanza, será que algo no estamos haciendo bien.

 

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