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Cristina Marín

Cuando el río suena (una lección de humildad)

Hace un tiempo hablé de los diferentes ambientes y paisajes que componen el Bajo Aragón. Estos días es noticia ¡incluso nacional! el que vertebra y da nombre al valle, y hasta a la Península entera, el de nuestro Ebro.

Todos conocemos bien este río cambiante, capaz de languidecer en una escueta lámina en verano o de arrasar ferozmente todo a su paso en abril. Al final del verano pasado, recuerdo pasar por Chiprana y quedarme desolada ante el mínimo hilo de agua que recorría la cola del embalse que atraviesa la carretera. Estos días sin embargo estamos vigilando cada centímetro que sube el río, aunque sabemos que, una vez más lo va a hacer, lo está haciendo. Nos está demostrando su poderío. El río sigue su curso, no es su cauce, es toda la llanura de inundación, que es como denominamos los geólogos a la rica vega de los ríos. Y es que la misma palabra lo dice:

Inundación. El río necesita su espacio para soportarse a sí mismo. Y a cambio nos regala una tierra fértil para cultivar y vivir.
Sin embargo, al Ser Humano se nos olvida este intercambio y le exigimos la tierra buena a cambio de nada. O peor aún, a cambio de intentar llevar al río por dónde queremos y de la manera que nos conviene. Pero él ha estado allí mucho antes que nosotros, y en nuestra infinita tozudez y mirada centrípeta hacia nuestro ombligo, no nos damos cuenta de que, hagamos lo que hagamos, el río siempre gana, porque es su terreno. Y lo seguirá siendo cuando nosotros ya no estemos aquí.

Cada año el Ebro nos da una lección de humildad que nunca terminamos de aprender.

Geóloga/petróloga especialista en restauración.

 

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