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Ana Mª Andreu
Jueves, 19 de Abril de 2018 01:00

De vuelta a casa

Cada vez que  vuelvo de vacaciones el sentimiento que me invade no es de angustia porque se han acabado. Es de desazón por el Alcañiz perdido. Después de recorrer numerosas calles que conservan su historia y su patrimonio, la vuelta a casa se hace pesada, triste. Me imagino lo que fue esta pequeña ciudad, lo que podría ser y ,al llegar, sólo te encuentras casas derruidas y solares. ¿De verdad es lo qué queréis? La iglesia del Carmen se cae por dentro a pedazos, la casa de la inquisición se está derrumbando, el casco viejo parece arrasado por un tsunami. ¿Turismo? Los turistas ven la plaza, los pasadizos y el castillo en una mañana, y se van.

¿Se hubiese podido hacer algo? Sí, sin duda. El casco viejo podría ser una zona de tascas, pequeños negocios de artesanos y objetos y prendas de segunda o primera mano, revitalizar la plaza de los Almudines con mercados ecológicos y artesanos. Algo se hubiese podido hacer. Pero ya apenas queda nada. El pulmón de Alcañiz da pena verlo, el paseo del castillo está mal iluminado, por supuesto el derrumbe sigue allí y apenas es visitado por paseantes con perros, que, a propósito, algunos son unos guarros que no se molestan en recoger los excrementos de sus mascotas.

Yo soy una privilegiada porque me puedo escapar a La Cerollera o a Belmonte de San José, dos pueblos preciosos del Bajo Aragón que siguen conservando su esencia.

Y hoy me siento aquí, en mi terraza, escuchando el canto de los pájaros y observada por los pinos y cipreses del paseo Calatravo y mi vieja casa  se alegra de seguir viva, de que haya recuperado lo que un día fue, pero aún nos queda mucho trabajo y de momento ninguna ayuda. Quizás soy una nostálgica y una amante de las piedras y la historia o sólo  una friki a la que le encantan las casas antiguas. Pero es una pena que entre todos permitamos la destrucción de la historia de Alcañiz.



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