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Jesús Moreda

Políticos

Vaya por delante mi más sincero respeto por los barrenderos, oficio digno como el que más y muy necesario en un país donde somos incapaces de movernos un metro para echar un desperdicio en la papelera y lo arrojamos al suelo, cosa que ni se nos ocurriría hacerlo en nuestra casa. Cuidamos lo propio pero no lo que es de todos. Queremos ser escandinavos con mentalidad mediterránea. Y esto no puede ser. Pero no es este el tema sobre el que quería tratar. Mi alusión a los barrenderos se debe a que, para serlo, se les exige un mínimo de formación. En cambio, para ser político únicamente se requiere que el dedo todopoderoso del jefe te señale. Es más, se considera un signo de democracia que cualquier persona, aunque sea analfabeta, pueda acceder a la dirección y consejo de administración de la mayor empresa del país que es el Estado y que integra a toda la ciudadanía.

Y así nos luce el pelo. Por las redes sociales circula un tuit muy certero: “Lo que realmente hace única a España es la gente con carreras universitarias sirviendo cervezas y gente sin el graduado dirigiendo el país”.

Tenemos unos políticos mediocres que se rodean de otros más mediocres para que no les hagan sombra. Y claro, precisan de asesores que suplan sus carencias. Si en la Edad Media los reyes pagaban los servicios de la nobleza con tierras o feudos, en la actualidad los servicios al líder o al partido se recompensan con cargos públicos y asesorías. De este modo, se ha ido creando una casta política con sus pertinentes privilegios pecuniarios –jubilaciones desorbitadas y exenciones tributarias, entre otras- de los que carecemos el resto de los mortales y a los que no se encuentran dispuestos a renunciar, por mucho que prediquen la igualdad. La política debería ser un servicio y no una profesión. Fuera de ella, muchos políticos, sin oficio ni beneficio, no saldrían de las listas del paro. Y por si fuera poco, se inventan o inflan currículos y se adjudican -a veces sin necesidad alguna- carreras y másteres que no han cursado o les confeccionan en los Ministerios las tesis doctorales. Si no son capaces de esforzarse para sí mismos, ¿se van a sacrificar por la sociedad?

Razón tenía Enrique Jardiel Poncela cuando escribió: “El que no se atreve a ser inteligente, se hace político”.

 

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