Banner

J!Analytics

Buscar columnistas

Jesús Moreda

Sobre Ruedas

Hay dos cosas que la mayoría de los mortales que conducen -con independencia de su raza, religión, género, inclinación sexual, tendencia estética o antiestética, cultura, riqueza, clase o condición social- son incapaces de hacer a la vez: por una parte, girar, cambiar de carril o salir de una rotonda y, por otra, señalar la maniobra con los intermitentes. Es como si un virus misterioso bloquease sus entendederas y les imposibilitase para utilizar sus manos a fin de subir o bajar el mando indicador.

Ante la duda sobre la operación que van a realizar y so pena de que se cumpla la ley de Murphy, el resto de los automovilistas, por precaución, optamos por detenernos y no acceder a la rotonda.

Quizá, se creen dotados de poderes paranormales con los que transmitirnos telepáticamente a los demás sus intenciones o, tal vez, nos sobrevaloran y piensan que poseemos la facultad de leer sus mentes y adivinar sus propósitos. Luego se encuentran aquellos que aparcan donde y como les viene bien, ocupando dos plazas sin preocuparse por dejar puesto para otro coche o, teniendo espacio, estacionan en doble fila para ahorrarse una maniobra y estorban la circulación. Ande yo caliente y ríase la gente.

Aparte padecemos a esas criaturas híbridas, mitad persona mitad vehículo, que se adaptan al medio urbano con una celeridad que jamás hubiera imaginado Charles Darwin. Me refiero a los ciclistas.

Nunca hay que generalizar pero son muchos los que se consideran con patente de corso para rodar a su antojo. La calle es suya. Igual pedalean por la calzada como, en un plis plas, mutan en peatones y discurren por las aceras atropellando casi a los viandantes. Circulan en sentido contrario sorteando los coches, no respetan semáforos ni pasos de cebra y estiman que los carriles-bici están de adorno o reservados a familias domingueras. Podemos por último referirnos a esos motoristas que solo se sienten importantes haciendo ruido y molestando, sobre todo en verano cuando tenemos las ventanas abiertas. Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Pensar en los demás no cuesta nada. Lo que cuesta a veces es pensar.

 

Compartir

 

-