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Jesús Moreda

Intolerancia

Nos estamos haciendo cada vez más intolerantes. En los medios de comunicación, en las redes sociales o en las pintadas que ensucian nuestras ciudades se advierte como van in crescendo las muestras de intransigencia hacia quienes piensan diferente. Muchos no admiten que se pueda disentir de sus opiniones –elevadas al rango de verdad absoluta- y recurren a la descalificación y al insulto como único razonamiento. Un ejemplo palmario lo hemos visto recientemente con motivo de la moción de censura que ha traído el cambio del gobierno cuando Rafa Nadal, en ejercicio de su libertad y sin ofender ni denigrar a nadie, se expresó a favor de nuevas elecciones.

Inmediatamente, un diputado de Podemos en la Asamblea de Madrid cargó contra nuestro campeón replicando que le gustaría que “dejase de practicar un tenis soporífero, defensivo, hipermusculado y pasabolas”. Todos defendemos nuestros derechos y nuestra libertad pero de lo que se trata es de defender también los derechos y la libertad de los demás. Pero para esto ya no se manifiesta la misma disposición.

El insulto suele ser el argumento utilizado por quienes carecen de argumentos. En numerosas ocasiones, cuando no se puede o no se sabe objetar a una persona, una idea o un acontecimiento se le desacredita y denuesta y cuestión zanjada. Ya no es necesario debatir ni rebatir nada. Aquí, en España, el baldón más utilizado es llamar al contrario “fascista, facha o franquista”. Hace unos años, en los debates sobre la prohibición de los toros en Cataluña, un militante antitaurino utilizó la trascendente y lúcida reflexión de que se debían de prohibir las corridas porque eran franquistas. Y se quedó tan ancho. Ya no hacía falta más discusión. Como decía el filósofo griego Diógenes de Sinope, que vivía en un tonel y que recorría las calles de Atenas con una lámpara encendida buscando hombres honestos:”El insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe”.

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