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Jesús Moreda

¿Libres?

En su canción “No sé por qué te quiero”, Víctor Manuel dice así: “Si no me hicieran falta tus besos / me tratarías mejor que a un perro. / Piensa que es libre porque anda suelto / mientras arrastra la soga al cuello”. Nos creemos libres como nunca, sin embargo, nunca hemos sido más manipulables ni estado más manipulados. No nos damos cuenta de que llevamos una soga atada al cuello que nos permite movernos libremente pero dentro de ciertos límites determinados por lo políticamente correcto y que no podemos traspasar.

Desde siempre, los medios de comunicación, principalmente la caja tonta o, más bien, caja atontadora, han querido dirigir nuestros gustos a través de la publicidad. En los últimos años, nos hemos anudado otro dogal en forma de tecnología. Por una parte, las llamadas redes sociales, en las que vertemos, sin ningún tipo de pudor ni rubor, nuestras intimidades y confidencias y, sobre todo, desde ese chip que todos llevamos incorporado voluntariamente en forma de teléfono móvil del que no nos separamos y que está causando adicción no solo entre los jóvenes sino también entre las personas mayores.

Cada vez es más difícil desprenderse de esta esclavitud. Resulta vergonzoso que en el cine, en el teatro, en los conciertos, en la ópera, en las conferencias o en misa tengan que advertir que se apaguen los móviles y, aun así, siempre suena o se ve brillar alguno en medio de la oscuridad. Incapaces de desconectar durante un tiempo y disfrutar del espectáculo o asistir con fervor a la celebración, no pueden resistirse a leer o enviar WhatsApps con la consiguiente molestia al resto de los asistentes y el desprecio y la falta de respeto a quienes se encuentran trabajando en el escenario o al oficiante. En el atrio de la iglesia del convento de Ágreda (Soria), donde en el siglo XVII vivió la monja cuya interesante vida noveló nuestro paisano Javier Serra en “La dama azul”, hay colgado un letrero con la inscripción: “Dios llama pero no por teléfono”. El sistema, a través de la tecnología, nos controla por completo. Saben dónde estamos, qué hacemos, qué pensamos y qué decimos, con quién hablamos, dónde compramos, cuánto gastamos, nuestros gustos, nuestras aficiones… Todo, prácticamente. Y, encima, les facilitamos nosotros los datos. Como escribió Dostoyevski: “La mejor manera de evitar que un prisionero escape es asegurarse de que nunca sepa que está en prisión”.

 

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