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José Luis Pueyo
Lunes, 16 de Julio de 2018 01:00

Cuestión de actitud

Cuando salí de la residencia tras visitar a mi madre que va camino de los 97 años, sonaba en la radio el tema “Noches de bohemia y de ilusión”, y recordé que hace ya más de 10 años ese título me inspiró el que le puse a una entrada del blog que escribía mientras paseaba por Brasil, ”Noches de cachaza y música”. Era aquella época en la que la fugacidad y urgencia de los 140 carácteres del Twitter o la “necesidad” de relatar en el  Facebook todo lo que nos pasa por la cabeza a cada instante, aún no habían sustituido al placer de escribir relajadamente sin límite de caracteres y sin necesitar una inmediata reacción del resto del mundo.

Y mientras el coche me iba llevando de manera automática hacia Zargoza, mis pensamientos se perdieron en aquellos días, y me he acordé de que ¡era tan mayor por aquel entonces...! Al menos es lo que recuerdo que sentía, que a mis cuarentaypocos la vida empezaba a discurrir ya de vuelta, cuesta abajo y sin frenos.

Pero han tenido que pasar diez años para sentir paradójicamente justo lo contrario. Si la salud tiene a bien estar de tu lado, y si los golpes que inevitablemente te va dando la vida no son demasiado frecuentes, cada día amanece con nuevas ilusiones. Siempre que uno decida verlo así, claro. Por ejemplo pienso en mi amigo Juan Carlos que tras haber sorteado algunos palos bastante duros, decidió que la vida está para exprimirla y bebertela a tragos, y ahora está saltando de aventura en aventura con más ilusión que si tuviera 18 años. Es inspirador, ciertamente.

Y una de las situaciones que me ha llevado a entender esto, a tener la certeza de que la felicidad es una cuestión de actitud, ha sido el ser testigo del inexorable marchitamiento de mi madre. En estos momentos ya no tiene futuro. Se ha quedado ciega, oye muy mal, no puede andar, y está todo el día sentada en una silla. Su día a día sólo tiene tres momentos en los que sucede algo: el desayuno, la comida y la cena. Es la vida, con 96 años tiene la fortuna de haber sobrevivido a casi toda la gente de su generación. No hay razón para quejarse, pues. Pero ya no le queda la posibilidad de tener una actitud positiva que le permita despertarse cada día con ilusión. Ese es el callejón sin salida, cuando la actitud es una palabra que ya se ha borrado en tu vocabulario. Y en es momento, ¿para qué seguir aquí?

Y es que escucho cada día quejarse demasiado a demasiada gente, y no siempre tienen buenas razones para ello. Es cuestión de actitud: mientras no llegues a tu callejón sin salida, es una barbaridad no disfrutar de la vida con ilusión renovada cada día.

 

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