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Jesús Moreda

Calores

Hubo un tiempo en el que el año se dividía en cuatro estaciones claramente delimitadas y diferenciadas: primavera, verano, otoño e invierno. Por Todos los Santos, estrenábamos la ropa de invierno y nos poníamos los pantalones largos. “Entre Todos los Santos y Navidad, es invierno de verdad” aseveraba el refrán.  El Domingo de Ramos significaba el final del invierno y el comienzo de la primavera y se volvía a estrenar y a los pantalones cortos. “Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos”. Pero el oraje, como el mundo, se ha vuelto loco y las estaciones se han quedado reducidas a dos, el invierno y el verano, y pasamos del uno al otro drásticamente y sin ningún periodo intermedio de adaptación. La primavera y el otoño se han evaporado. Si queremos cuatro estaciones no vemos obligados a escuchar a Vivaldi o a acudir a una pizzería y ya solo hay primavera en unos grandes almacenes muy conocidos.

Durante los inviernos, en mi casa, nos calentábamos con el brasero de erraj, elaborado con huesos machacados de olivas, o con la estufa de leña o serrín; y, en verano, como no teníamos neveras, comprábamos barras de hielo que repartían por las casas para poner a refrescar al menos la bebida.

Pero esto ya es historia. Hoy hacemos uso -y, las más de las veces, abuso- de la calefacción y de los aires acondicionados. En invierno, en lugares públicos como hospitales y centros comerciales, las temperaturas son tan elevadas que has de quitarte prendas e ir en mangas de camisa; y en verano, lo contrario. Paseando por las calles, de algunos establecimientos se escapan bocanadas de una gelidez casi polar que te hacen dar un respingo; y en los supermercados, las dependientas han de ponerse una chaqueta, sobre todo en las zonas de alimentación. Con estos cambios tan bruscos de temperatura no son raros los resfriados. Por otra parte, moderando el calor y el frío, se conseguirían un ahorro de energía y una menor contaminación. Como decía un proverbio latino: “In medio, virtus”. Esto es: “En el punto medio, se halla la virtud”, como traduciríamos para el padre Navarro.

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