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Cristina Marín

El puente de Masatrigos

Se acaba el verano, vuelta a la rutina, clases, trabajo, dentro de poco el frío… Sin embargo, para mí casi siempre el verano ha significado temporada de trabajo. Creo que nunca he sudado tanto como hace diez años encaramada a un andamio en lo alto del mausoleo de Miralpeix, sin mayor sombra que la de un liquen. Tal cual me bebía la botella de agua, tal cual la transpiraba.

Esto me lleva a otros veranos, de principios de los noventa, en los que trabajaba sobre este monumento y la Colegiata de Caspe, y también en el Mausoleo de Fabara. Allí me alojaba en casa de una buena amiga, Gloria Desir, a cuyos padres, ya fallecidos, nunca les pude agradecer del todo que me trataran como a una hija.

Yo iba todas las mañanas a Caspe a trabajar, y volvía al mediodía a Fabara con el Sol quemándome los ojos. En el camino siempre veía el mismo cartel: “Puente de Masatrigos”. Pero hacía calor y siempre era tarde y nunca bajaba a verlo. Hasta que un día bajé. Bajé y me fascino la rotunda, serena y racional belleza de ese puente, entonces aún sin restaurar, y lo agreste de su entorno, con esos escarpes verticales, “cinglos” de arenisca y arcilla que casi parecían querer salvaguardar el encanto de ese paisaje de ojos que no fueran capaces de valorarlo.

Han pasado veinticinco años de aquello, y todos los años, cada vez que conduzco al mediodía en verano, recuerdo ese cartel que prometía un pequeño paraíso.

Geóloga/petróloga especialista en restauración.

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