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José Luis Pueyo
Jueves, 04 de Octubre de 2018 01:00

Fuyur

Ratita se decidió a ser madre cuando ni siquiera había cumplido su primer año de vida. A diferencia de su madre, que la abandonó cuando aún no había abierto los ojos, Ratita se afanó en cuidar a sus cuatro gatitos con tremenda dedicación y amor, posiblemente recordando todo el cariño que le dimos cuando la cuidamos como su fuera un hijo.

La verdad es que yo no quería tener más gatos rondando por la casa, ya había bastantes aparte de Ratita, así que no hice demasiado caso a los 4 nuevos seres que habían nacido. Pero es verdad que resultaban atractivos, porque los cuatro eran sorprendentemente distintos: uno exactamente igual que su madre, con el típico pelaje de gato callejero, pero encantador; otro igual que su padre, Bob, negro azabache, brillante, precioso; otro con ese aire de vaca suiza con manchas blancas y negras, una monada; y el otro era el más peculiar, blanco sucio, desaliñado, y con la cara marrón como si fuera un siamés. Era muy extraño, único, porque ningún gato de los muchos que correteaban por aquí, se parecía a él.

Pero hay un acto, simple aunque trascendente, que le otorga a un ser vivo la categoría de convertirse en un ser especial para alguien: tener un nombre. Así, Callejero, Minibob, Minipanda y Fuyur, con tan solo 3 meses de vida, pasaron a ser parte de la familia. Fuyur era mi favorito, aunque esté mal decirlo cuando hablas de tus niños. El nombre le cayó por su peculiar parecido con aquel perro volador de La historia interminable. Me encantaba acercármelo a la cara y acariciarlo con mi mejilla... ¡Era tan delicado y adorable! Ayer, en un desgraciado accidente, Fuyur murió. No sabía que se podía llorar tanto por la muerte de un gato... Pero es que no era un gato, era Fuyur.

Es curioso esto de los nombres de los animales, pero sucede igual con las personas. La ausencia de nombre convierte a los seres humanos tomados de manera individual en simplemente parte de un grupo, un número, uno más entre muchos. Cuando una patera se hunde y mueren cien seres humanos, aunque veamos las imágenes de los muertos esa percepción no cambia, porque vemos seres sin nombre. No nos cuentan que han muerto Aleia, Kwame, Barack, Hassan... Si en lugar de contarnos que han muerto cien personas nos dijeran todos sus nombres, posiblemente nos daríamos cuenta de que Aleia, Kwame, Barack, Hassan... eran importantísimos para algunas personas, y que esas personas están llorando desconsoladamente. Quizá entonces los políticos insensibles que toman las medidas anti-inmigración, se dieran cuenta de la terrible inmoralidad de sus decisiones. Quizá.

 

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