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Cristina Marín

Albalate, que no es poco

Mi impuntualidad me salvó. Había quedado a las cuatro de la tarde. Pisaba el acelerador rezando para no encontrarme un helicóptero en el cielo, pero no, lo único que había era una nube negra que me precedía. Por diez minutos salvé el coche de la gran granizada de Albalate del cinco de septiembre.

Me había citado para visitar el castillo con la arquitecta Marta Clavería. Lo recorrimos de arriba abajo recorriendo salas y muros, hablando de sus viejas piedras que a su vez nos hablaban de su historia, de las muchas historias que tiene ese castillo. Al final, subidas en una de las terrazas, miramos aquel horizonte ondulado y llegamos a la conclusión de que Albalate se merecía más, mucho más de lo que ya es.

Contemplábamos un territorio habitado desde el Eneolítico, con cultura material, pinturas rupestres, por el que han pasado romanos, visigodos, y musulmanes, que hasta le pusieron nombre, que luego fue cristiano, tanto que en 1149 Ramón Berenguer IV donó la villa y el castillo de Albalate al obispo de Zaragoza y en el siglo XIV el arzobispo de Zaragoza, Exímeno de Luna decide construir ahí su palacio, como siempre sobre el edificio previo de origen musulmán. Pero Albalate fue también judío, como toda villa importante que se precie.

Mirábamos el paisaje y no solo veíamos piedras, veíamos el espectacular relieve esculpido por el río Martín y tapizado por la mano del hombre de olivos. Olivos para saciar nuestra sed de oro líquido. Por el otro lado sabíamos que nos esperaba el otro oro, el blanco en forma de alabastro. Y tanto más…

En realidad, podría hablar de cualquier pueblo del Bajo Aragón, que comparten historia y horizonte, pero hoy solo quería hablar de Albalate del Arzobispo. Nada más. Y nada menos.

Geóloga/petróloga especialista en restauración.

 

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