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Jesús Moreda

José María Hinojosa, un poeta olvidado

Hay poetas injustamente olvidados y más cuando lo son por motivos ideológicos. Uno de ellos es el malagueño José María Hinojosa Lasarte (1904-1936). Miembro de pleno derecho de la Generación del 27, fue el introductor en España del Surrealismo, anticipándose a Dalí, Buñuel, Lorca y Alberti. Solamente por esto, debería figurar en los libros de Literatura.

Perteneciente a una rica familia terrateniente, conservadora y profundamente religiosa, estudia Derecho en Granada, donde conoce a García Lorca, y en Madrid. Se relaciona con la Residencia de Estudiantes e intima, entre otros, con Salvador Dalí, que ilustra su primer libro, y con Luis Buñuel.

Este escribiría al oscense Pepín Bello: ”Tú, Hinojosa, Moreno Villa (…) y Dalí sois los únicos amigos con que cuento”. Sin embargo, nunca fue tomado en serio; ni por los poetas del 27 que se burlaban de él y le consideraban un snob y un señorito caprichoso dedicado a la literatura como puro pasatiempo. Reside un tiempo en París. Allí, contacta con Picasso y Juan Gris y asume entusiasmado los principios del Surrealismo hacia los que orienta su poesía y redacta un “manifiesto contra la Iglesia, la propiedad privada y la familia”.

En 1931, con 27 años y seis libros de poesía publicados, abandona de forma súbita y definitiva la literatura y retorna a sus raíces conservadores. Esta decisión se debió a presiones familiares y de su novia, a la que no le gustaba la poesía, al desprecio de sus compañeros de generación y, sobre todo, al desencanto ideológico que le causó comprobar personalmente la realidad de la Unión Soviética en la visita que realizó en 1928. Tras la proclamación de la II República, que, en Málaga y otras ciudades, desembocó en la quema de numerosas iglesias y conventos, emprende su carrera política desde posiciones derechistas. Candidato de la CEDA en las elecciones de 1933 y 1936 no resultará elegido en ninguna de ellas. Al estallar la guerra civil, es detenido junto con su padre y su hermano, acusados de “fascistas”. El 22 de agosto del 36, como represalia a un bombardeo de la aviación rebelde, son sacados de la cárcel con otros cuarenta y siete presos y fusilados en las tapias del cementerio, pocos días después de otra terrible muerte, la de García Lorca, víctimas ambos del odio y de la intolerancia. El bando nacional pudo haber utilizado su asesinato para contrarrestar la propaganda republicana a cuenta del de Federico pero no lo hizo escandalizado por el carácter irreverente, iconoclasta y sexualmente explícito de muchos de sus poemas; y el bando perdedor lo consideró un traidor, con lo que se le tachó totalmente de la literatura y de la memoria.

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