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José Luis Pueyo
Martes, 23 de Octubre de 2018 00:00

Soma

Mi madre cumplió este verano 97 años. Los médicos dicen que tiene buena salud para su edad, pero la verdad es que ya no vé, oye muy mal, y en la residencia se pasa el día de la cama al sillón, y del sillón a la cama. Podríamos decir que ha perdido la conexión con la vida, y lo único que le consuela es tener la mano de su hijo cerca para poder agarrarla con fuerza. Y cuando esa mano se va, llora.

El doctor le receta medicinas para todos sus males, y así mantiene esa “buena salud”. Para todos sus males, menos para uno: la ausencia de futuro. ¿No sería más humanitario el proporcionar a este tipo de personas alguna sustancia que les permitiera sentir felicidad? No estoy hablando de sedantes ni nada que los deje atontados. Hablo de sustancias que te hagan mudar de tu triste realidad a otro estado de conciencia en el que las sensaciones sean placenteras. Huxley inventó la Soma en su Mundo Feliz, una metáfora de cómo el poder nos puede tener controlados a la vez que nos hace sentir que somos felices. Pero cuando tienes 97 años y ninguna esperanza para nada, el estado debería ayudarnos a sentir que somos felices.

Sinceramente, envidio a los canadienses que hoy han dado el paso de legalizar la marihuana. Quizá allí haya madres viviendo como vegetales cuyos hijos puedan darles un dulce pastelillo con algo de THC, y podrán ver a sus madres sonreír durante un rato. Querido Estado, algo de Soma, por favor.

 

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