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Cristina Marín

La electricidad que viene (y la que se va)

Estos días no paro de acordarme de las palabras de un chaval que conocí en una conferencia que di hace veinticinco años en la residencia de estudiantes Ramón Pignatelli de Zaragoza. Les hablaba de la contaminación atmosférica, de las diferencias entre la contaminación debida a combustión de vehículos a motor (gasolina y diésel) y la derivada de la quema de carbón. Hablaba de los efectos sobre la atmósfera, pero también sobre los monumentos históricos, que era, y sigue siendo, mi especialidad. De cómo los humos de los coches de las ciudades afectaban de una forma determinada a la piedra, de cómo lo hacían las calefacciones de carbón, de cómo podíamos distinguir por microscopio electrónico la procedencia de las partículas, de cómo se podría llegar, incluso a penalizar con impuestos más altos los combustibles más contaminantes y de cómo el futuro estaba en los coches eléctricos. También les hablaba de las centrales térmicas, de la dispersión de los penachos, de la distancia que podían llegar a alcanzar las partículas en función de la altura de la chimenea, y las afecciones sobre el medio natural, las personas y el Patrimonio.

Después hablaron ellos. Lo recuerdo como uno de los mejores debates a los que he asistido.

Aquellos chicos tenían las ideas claras. Pero entre ellos sobresalía el protagonista de mi historia. Era un joven inteligente, se le notaba. Y me dijo una cosa que se me quedó grabada, algo así como que él prefería los coches de motor de combustión a los coches eléctricos, que así la contaminación se quedaría en las ciudades, que con los eléctricos, las ciudades estarían limpias pero contaminarían los pueblos. Tenía razón en aquel momento, en 1993, en que las renovables andaban en pañales y el futuro energético seguía pasando por el carbón, aunque ya se estaba instalando la desulfuración por lecho fluido y se comenzaban a transformar otras, como la de Escatrón, a ciclo combinado.

Han pasado veinticinco años y las cosas van cambiando. Efectivamente el diésel se ha puesto por las nubes por la cantidad de impuestos que lleva, “el que contamina, paga”, y el futuro ya es presente con el coche eléctrico. Pero éste ya no contaminará el territorio, porque se habrán cerrado las térmicas. No se cumplirán tus temores, querido muchacho -que ya no los serás tanto- y las ciudades y también los pueblos estarán limpios, pero ¿A qué precio?

Geóloga/petróloga especialista en restauración.

 

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