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Ángel Hernández

Trabajar en los pueblos, la batalla de la imagen

 

Si ya de por si resultaba traumático el saber del cierre inminente de la Central Térmica de Andorra para el territorio, no deja de ser menos dolorosa e inquietante la noticia sobre la que varios medios informan estos días, a propósito de las vacantes de atención primaria no cubiertas en el Bajo Aragón Histórico.
Digo que no deja de ser inquietante y doloroso el conocer esta información, porque lo que pone de manifiesto es una verdad tan tajante como hiriente. La gente no sólo no quiere venir a vivir a los pueblos, es que no quiere trabajar en el medio rural. En el contexto socioeconómico actual, la realidad de cualquiera de nuestros pueblos cuenta con dos valores que a priori deberían ser irrechazables; empleo de calidad y vivienda accesible y asequible. A ello habría que añadirle los servicios de proximidad y la calidad del entorno. Pero ni con esas. A día de hoy quienes vivimos en los pueblos asistimos a una realidad lacerante, y es que o son nuestros jóvenes los que retornan, o será difícil convencer a la gente que vive en las ciudades de las bondades de la vida en los pueblos. Más allá del empadronamiento de algunos mal llamados “neorurales” y de inmigrantes que no tienen arraigo, afrontamos una situación muy preocupante. Pero al tiempo entiendo que no es irreversible.
Creo que es hora de que todos los recursos que se invierten en jornadas y congresos a los que siempre acuden los mismos a repetir lo mismo, se inviertan en una campaña de puesta en valor de la vida en los pueblos. Porque nosotros podemos competir en calidad de vida, en potencialidad del medio, en servicios de proximidad y en atención. Podemos y debemos creerlo, podemos y debemos contarlo al mundo. En esas estrategias de lucha contra la despoblación que nunca se concretan en medidas directas y efectivas, sería importante contar con una implicación estatal vía publicidad institucional para “blanquear” la vida en el medio rural. Antes los médicos, los maestros, se desplazaban a los pueblos con sus familias, emprendían allí proyectos de vida, desarrollaban su actividad profesional como una vocación y se granjeaban el respeto y cariño de las gentes; hoy son muy pocos los profesionales que se mantienen en su puesto durante más de un año o un curso, y escasos los que apuestan por la residencia en su lugar de trabajo, dado que en su mayoría optan por la famosa “rueda”. Ni siquiera repostan gasolina en sus destinos, y están trasladando el mensaje de que lo mejor es vivir en la ciudad. La administración no puede obligarles  a trabajar y residir donde no quieren, pero sí que puede hacer lo posible por lanzar un mensaje muy en positivo hacia la vida y el desarrollo profesional en los pueblos. No deja de ser una paradoja que haya movilizaciones de los médicos de atención primaria por la saturación de los centros de salud, y en cambio esos mismos profesionales eviten trabajar en consultorios rurales.
En esta cruzada que se libra para poner freno a la despoblación, estamos perdiendo la batalla de la imagen, y en estos tiempos que corren, con los media y las redes sociales al alcance de cualquiera, convendría hacer lo posible por invertir esa tendencia, y por hacerle ver al mundo, que quienes hemos apostado por vivir en un pueblo, también podemos ser “triunfadores”, por elección y por convicción.

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