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Eugeni Fernández

Centauros sobre ruedas

Allá por el año 2001, se presentaba mundialmente el Segway, un vehículo de transporte personal, controlado por un innovador dispositivo giroscópico que, a juicio del mítico Steve Jobs, iba a revolucionar el concepto de ciudad en todo el planeta. La cosa, inicialmente no fue para tanto, pero el artilugio sigue en producción y, a menudo, en muchas ciudades del país podemos ver jinetes aferrados a los mandos de sus aparatos, desplazándose por aceras y calzadas. El escaso éxito del diseño original, a causa de su elevado precio y su aparatosidad, ha sido suplido con creces por los sucedáneos que, utilizando los mismos principios tecnológicos del Segway, han reducido costes y dimensiones para popularizar estos aparatos.

Después del paso de los Reyes Magos por mi ciudad, como supongo que sucede en tantas otras de España, Europa y el mundo, la calles se han llenado de patinetes de todos los tipos, colores y formas. Armatostes de dos, de tres, de cuatro y, hasta de una sola rueda, pueblan las calles disputando el espacio a peatones que ya habían tenido que ceder anteriormente lugar a bicicletas.

Atribulados pilotos, niños y adultos, corren de acá para allá a velocidades de vértigo, habiendo incluso causado muertes por atropello.

El historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari expone, en su libro Homo Deus, la teoría de qué, en el futuro, la nueva especie de ser humano que provocará la extinción del Homo Sapiens, aprovechará los avances tecnológicos para mejorar sus prestaciones biológicas. Esta posibilidad, nos sitúa ante un dilema moral: ¿es lícito modificar tecnológicamente las capacidades del hombre? ¿Por qué no aprovechar los avances tecnológicos en prótesis biónicas de alta tecnología que se están diseñando, para mejorar la fuerza y precisión de brazos y manos que sujetan, la resistencia y velocidad en las piernas que andan, la visión microscópica o nocturna de los ojos que ya ven o, la sensibilidad y nitidez de oídos que oyen?

El futuro nos traerá la respuesta, pero todo parece indicar que, si es cierta la teoría de Lamarck de que la necesidad crea el órgano, en un plazo no determinado deberíamos empezar a ver desaparecer nuestras extremidades inferiores tal y como las conocemos hoy, para integrase con ejes, baterías, giroscopios y ruedas.

Qué quieren que les diga, continúo prefiriendo usar el tradicional tren de San Fernando.



 

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