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José Luis Pueyo
Viernes, 08 de Febrero de 2019 00:00

Crispación

Tengo un compañero de trabajo con el que me he llevado bastante bien durante muchos años. Dicharachero, simpático, gracioso, de esos que siempre te apetece tener cerca cuando estás de fiesta. De hecho, y según afirman los que aún lo cuentan entre sus amigos, sigue siendo el mismo personaje afable y encantador que siempre ha sido… fuera del trabajo. Este año, las circunstancias laborales me han permitido conocer de primera mano cuál es su comportamiento habitual con sus compañeros de trabajo. Al principio me sorprendió su hostilidad. Te aprecio, le dije un día, así que no entiendo por qué estás siendo tan rastrero, ¿te pasa algo?. Nada, el estaba bien, el problema era de los demás. Y continuó comportándose igual. Y me alejé. Comencé a comprender entonces aquellos repetidos comentarios que hablaban de cómo el lobo sabía vestirse hábilmente con piel de cordero…

Ese adorable colega entre risas y copas, se mueve como un vil chacal con sus compañeros de trabajo. Yo era conocedor de su animadversión hacia los jefes, hasta le daba la razón en ocasiones, pero no sabía que tan solo era un comportamiento enfermizo e irracional. Odiar a todos los que están al mando del barco y a quienes se sientan cerca de ellos, es su cotidiano modus operandi. Quienes se muestran equidistantes, son criticados igualmente. Y aquellos que al margen de su cercanía o lejanía con los jefes, no hacen su trabajo según sus intachables criterios, son despreciados sin piedad. Remar a la contra, intentar hundir la nave, parece su objetivo único. La crispación brota de sus ojos como un veneno que lo empozoña todo.

¿Por qué? Desconcertante. Incomprensible. Hasta que un día me descubro mirando absorto la televisión. Las caras de nuestros parlamentarios van pasando una tras otra. Veo moverse sus labios pero mi cerebro sólo escucha ruido, un irritante ruido de fondo que me resulta insoportable. Hasta ahora, todos sus grandilocuentes discursos, esas altisonantes acusaciones, esas soflamas hirientes, esa retórica anodina, toda esa bilis vertida contra sus compatriotas a los que han convertido en sus enemigos, todo eso decía, era como un ruido de fondo al que ya no haces caso por puro aburrimiento, ya no le prestas atención, sólo ruido. Pero irremediablemente se va posando en tu interior hasta que te anula, te absorbe y te convierte en uno de ellos. Sólo así acierto a entender el comportamiento de aquel que fue mi colega. Y tengo miedo. Hay muchas ocasiones en las que siento que ya me han fagocitado a mi también...

La crispación se ha instalado en nuestras vidas; los que nos tendrían que dar ejemplo de cordura y sensatez, se han convertido en mensajeros del odio, en abanderados de la crispación colectiva, en avales de todos los rastreros actos que finalmente podamos cometer sin saber por qué. Y no encuentro la salida. Taparme los oídos es la reacción instintiva; apagar la televisión y la radio, cerrar el periódico... pero quizás ya sea demasiado tarde. Quizás no está tan lejano el día en el que volvamos a molernos a palos una vez más.


 

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