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Joaquín Egea

Los guardianes de la moral

En el magazine de fin de semana de la cadena SER “a vivir que son dos días” hay un espacio denominado “los guardianes de la moral”, en el que Xavi Puig y Kike García, a medio camino entre el humor y la filosofía, se dedican a hacer dilemas morales al conductor del programa Javier del Pino. Lo particular de estos dilemas es que no deben contestarse según la moral del presentador, sino que debe hacerse atendiendo al punto de vista de un filósofo distinto cada vez. Escuchando este programa he aprendido dos cosas de la filosofía: la primera, que nuestras decisiones morales no son ni mejores ni peores que las de los demás y la segunda que explica la primera es que la filosofía no es una ciencia exacta y que para cada decisión moral que tomemos siempre habrá un filósofo que la respalde.

Imaginemos que al igual que a los protagonistas de La caja (The box, Richard Kelly, 2009) un día se nos presenta el siguiente dilema moral:
recibiremos una gran cantidad de dinero, en el película ambientada en 1976 se trata de 1 millón de dólares, si pulsamos un botón de una caja. Al pulsar el botón una persona, desconocida para nosotros, morirá. Si no pulsamos el botón la caja se entregará a otra persona y nosotros no recibiremos nada. Sólo tenemos 24 horas para tomar la decisión.

En la película este dilema se resuelve demasiado rápido a favor de pulsar el botón, el principal motivo para la toma de esta decisión, a parte del beneficio económico, es el hecho de que la persona que morirá es desconocida por los protagonistas y no saben si existe o no un motivo para que muera. La resolución de las consecuencias de esta decisión la dejo para quien vea la película.

Imaginemos ahora la situación que se da al final de El caballero oscuro (The Dark Knight, Christopher Nolan, 2008). En este caso los dos grupos de personas se encuentran cada uno en un barco, uno enfrente del otro. En un momento dado reciben una alocución de El Jocker en la que les dice que cada uno de los barcos están cargados de explosivos que detonarán en 5 minutos, la única posibilidad de salvarse es pulsar un botón que hará detonar el otro barco. En este caso ninguno de los ocupantes de los dos barcos es capaz de pulsar el botón, a pesar de la importante recompensa en lo personal que reporta, debido al hecho no sólo de conocer cuál será el resultado sino de conocer directamente los perjudicados de su acción.

De manera que la diferencia entre ambas decisiones está, aparentemente, en conocer o no a los perjudicados directamente por nuestra elección.

Todo esto viene por el hecho de que recientemente hemos conocido que el Rey Felipe VI ha ido a Arabia Saudí con motivo de la firma de un contrato que permitirá a España construir 5 corbetas de guerra cuyo montante, en lo económico y laboral, traerá aliento a la maltrecha economía patria.

No pediré una evaluación moral sobre esta decisión a los trabajadores beneficiados por el contrato pero sí a nuestros gobernantes.

Si pensamos como los protagonistas del primer ejemplo podremos llegar a la conclusión de que si no fabricamos nosotros las corbetas otro lo podrá hacer. Además no conocemos la finalidad de las mismas, puede ser que sólo se usen como armas defensivas, de manera que habremos contribuido a un buen fin.

Sin embargo, si atendemos a algunos informes de las ONGs que trabajan en la zona que dicen que se van a utilizar en un embargo que forma parte de guerra encubierta contra el Yemen con graves perjuicios para la población civil, nos encontramos con la situación que se describe en el segundo ejemplo. Sabemos pues cuál es la finalidad de nuestros actos y  deberíamos tener esto en cuenta en la toma de decisiones.

Como ya he dicho para cada decisión existe un filósofo que la defiende, sólo hay que encontrar el que se ajusta a la nuestra y después ser consecuente con la misma y sus consecuencias.

 

 

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