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José Luis Pueyo
Martes, 20 de Junio de 2017 00:00

Racismo

Una amiga me acaba de contar, todavía visiblemente alterada, lo que le ha ocurrido cuando intentaba aparcar su coche. No es ésta una tarea fácil en Zaragoza, hay momentos y lugares en los que es casi una misión imposible. Pero tras dar muchas vueltas, por fin ha aparecido ese hueco milagroso. Cuando estaba iniciando la maniobra, otro coche viniendo por detrás ha metido su morro en el ansiado hueco, dejando a mi amiga atónita ante la situación. Tras pitar y bracear desde dentro del coche, como el tipo no hacía ni caso, ha salido del coche y le ha mirado con los brazos abiertos con ese típico gesto “pero tú de qué vas, macho”. En mala hora mi amiga ha decidido reclamar su derecho al aparcamiento. Un individuo como de 1,90, con pinta de animalote, y su mujer (se supone que esa era la condición de la “señora”), salen de su coche dando gritos y abalanzándose hacia mi amiga la acorralan contra su coche, y entre desaforados gritos e irreproducibles insultos, la amenazan con “arrancarle la cabeza” allí mismo. Mi amiga, viendo la mano en alto del salvaje ese y acogotada por los aullidos de la energúmena, solo podía temblar de miedo y era incapaz de articular palabra. Finalmente le “perdonan la vida” y la dejan marchar. Monta al coche, sale de allí todo lo rápido que puede, y a las dos o tres manzanas se encuentra con unos policías y decide parar. En ese momento empieza a sollozar incontroladamente y entre lágrimas les cuenta lo sucedido. Los agentes intentan ayudarla y le dicen que van a buscar el coche, pero que tiene que presentar una denuncia para poder hacer algo. Mi amiga entonces les apunta un pequeño detalle, “es que eran gitanos”. Los agentes se quedan parados por un momento y asienten con ella en que sí, que eso es un problema, pero que sin denuncia no van a poder hacer nada. “Miren, yo vivo por aquí cerca, hay muchos gitanos en este barrio, y no me quiero jugar la vida...”.

Para mí, hablar de “la comunidad gitana” es el verdadero racismo. Son muchímos los siglos en los que “la comunidad gitana” es parte de este país. El pasado estará teñido de momentos oscuros hacia ellos, seguro, pero hace 40 años que vivimos en una democracia y han tenido tiempo de sobras para “integrarse” de una vez con el resto de la sociedad con la que conviven. Ningún gitano tiene que tener ni más ni menos derechos que un “payo”. Todos tenemos que ser iguales en nuestros derechos y obligaciones, y si un individuo concreto se haya en una situación social realmente delicada, pues el estado debe ayudarle, tenga los genes que tenga. Pero que las instituciones sigan manteniendo el concepto de que hay una “comunidad gitana” y que además está marginada, eso es el verdadero racismo. Y mientras esto siga así, seguirán pasando estas cosas, porque determinados gitanos se seguirán creyendo que son una “raza especial” con el derecho a pasar por encima de cualquiera, porque nada les va a suceder.


 

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