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José Luis Pueyo
Miércoles, 19 de Julio de 2017 00:00

 

La hipocresía que mata

Si circulo en mi coche sin cinturón de seguridad, el estado me multa, ya que quiere proteger mi vida al volante. Si un aditivo alimentario se demuestra que es nocivo para la salud, el estado lo prohíbe porque vela por nuestra salud. Si estoy sulfatando los melocotoneros, los envases de desecho debo tirarlos a un punto limpio especial bajo amenaza de una gran sanción, ya que el estado se preocupa por la salud de todos y no quiere que ese envase se abandone en cualquier sitio y pueda contaminar. Si me fumo dos cajetillas diarias de tabaco, el estado se limita a recordarme en las cajetillas que lo que estoy haciendo, mata. Y deja que me mate.

Es impresionante que alguien pueda padecer un cáncer de garganta debido al tabaco y que tras superarlo se vea incapaz de dejar el hábito. Pero no es tan raro; la nicotina, más todos los innumerables aditivos adictivos que el estado permite que se usen, se encargarán de que sigas enganchado hasta que la muerte encuentre de nuevo su oportunidad.

Los impuestos recaudados son demasiado jugosos, aunque paradójicamente una gran parte de ellos se utilicen en intentar salvar a las víctimas del tabaco. Pero quizá compense más el que uno pueda morir cuando empieza a disfrutar de la jubilación. La caja de las pensiones se cimbrea en la cuerda floja, así que las muertes prematuras a las que aboca el tabaco, deben ser de gran ayuda. Pero los que todavía quedamos vivos, seguiremos echando de menos con profunda tristeza a los que se marcharon envueltos en esa nube de humo exhalada por el hipócrita estado.

Es probable que sea poco original hacer un escrito de opinión lleno de obviedades, pero es mucho más lamentable que este tipo de obviedades se tengan que seguir recordando.



 

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