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Pilar Batanero

No me toques el...

Había un viejo dicho que decía esto, no me toques el pito que me irrito... Se llevaba incluso en la luna trasera del coche a modo de pegatina. Suena a viejuno y a chusco ¿verdad? Pero no deja de ser una verdad como un templo.

Gozamos este verano, como todos los veranos desde que yo vivo en Zaragoza, de las obras en el centro de la ciudad. Unas veces operación asfalto, otra, un socavón por un reventón de una tubería, otras más (como este año) por obras de mantenimiento del tranvía... La cuestión es que, con buen criterio creo yo, se hacen en estos meses de calina, porque el personal está de vacaciones, y el que se queda parece menos proclive a salir a la calle en las horas de más calor.

Pero, claro, los hay que aún estamos trabajando, y nos debemos mover para ir o volver del trabajo, y muchas veces, pasar por donde se realizan estas obras. Yo voy en transporte público, pero no todo el mundo quiere o puede.

Con el lío del corte de calles o carriles se organizan algunos atascos, y es desesperante oír el claxon de chupicientos coches, como si así el atasco se disolviera por arte de magia.

Lo único que se consigue es por más nervioso al de al lado, que al final también acaba tocando el pito del coche, y de paso las narices a los que tenemos que oirlo...

Es un acto de civismo, creo yo, el abstenerse de tocar el claxon del coche en un atasco. No se soluciona nada, y creo que hasta está regulado por el código de la circulación, y sólo ataca los nervios del resto de conductores, peatones y todo el que sufre el infernal ruido que eso genera.

¿Habrá de poner de moda la frasecita otra vez?


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