J!Analytics

Buscar columnistas

Recibe las noticias en tu e-mail


Ángel Hernández

Juventud, divino tesoro

Acaba agosto y todavía se viven con intensidad las horas de tomar la “fresca” en nuestros pueblos. Batallones de niños de todas las edades ocupan calles y plazas con sus juegos. Su algarabía no molesta a nadie, ni su incesante ir y venir de uno a otro rincón. El sonido de sus risas es la vida, el alborozo que les acompaña es un regalo para esos pueblos que viven los meses de otoño e invierno en completo silencio y tienen a sus calles sumidas en la soledad.

Verano es sinónimo de retornos, de la vuelta de los hijos y de los nietos al pueblo; el pueblo ofrece ese espacio que niegan las grandes urbes, ofrece libertad, ofrece horas y horas de juegos, de risas, de amistad. Se crean y estrechan lazos, se forman las peñas, y los abuelos se regocijan en la alegría de los nietos. Pero el mes de septiembre trae el mazazo del silencio, todo vuelve a la quietud; apenas quedan unos pocos críos, si acaso los que se resisten apurando hasta el final permitiendo a sus familias de la ciudad preparar el ajetreo del inicio del curso.

Y esa bendita juventud, esa vitalidad que se plasma con risas y juegos escapa a cualquier plan, a cualquier propuesta. Se nos van los jóvenes, nos quedamos sin niños; los nuevos universitarios toman un camino de difícil retorno. De repente se hace el silencio, de repente cesan los juegos, se acallan las risas y empieza a anochecer antes. El comienzo de curso 2017-2018 se iniciará con menos alumnos y con menos jóvenes en nuestros pueblos. Seguiremos mirando con desesperanza a quienes dirigen nuestros destinos, a quienes encargan esos planes y estudios contra la despoblación, en espera de que alguien haga algo, de que se abandere un plan que fomente el retorno de los más jóvenes. No sólo es la pérdida de población, es que nuestra tierra se descapitaliza de talento, se nos escapa entre las manos sin que seamos capaces de favorecer su retorno.  Estamos dejando ir a lo que más vale. ¿Y qué será de nosotros sin ese capital humano lleno de ideas, formado y con ganas de comerse el mundo? ¿Volveremos de nuevo a dejar que pasen los meses resignados en espera de que lleguen el verano y las vacaciones para que vuelva la semilla de la juventud a los pueblos? ¿Y qué será de nuestros hijos? ¿Qué será de nosotros si nos rendimos? Sin ideas, sin formación, sin talento estamos condenados a la nada. La diáspora de nuestros jóvenes nos condena, la esperanza en su regreso es más que una ilusión. No sentenciemos a nuestro mayor tesoro a un camino sin retorno. Tenemos la obligación de hacer lo que sea posible para que tengan la posibilidad de elegir, para que tengan al menos la opción de quedarse. Son nuestra juventud, son pocos, por eso son nuestro mayor tesoro.



Compartir

 

-