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José Alberto Pellicer

Ha muerto mi padre.

Hace cincuenta años murió mi abuela Miguela, la madre de mi padre. Siendo yo un niño acompañé a mi padre hasta el cementerio y cuando la enterraban, mi padre me desgarró las entrañas con un grito: “Ya no la veremos más”. A pesar de ser un niño entonces, comprendí con toda intensidad el sentido de la ausencia eterna. Un desgarro que siempre me ha acompañado en mi vida.

Hoy, cincuenta años después, yo soy el que me veo en la obligación de decir “ya no lo veremos más”.

Unos once años antes de la muerte de mi abuela, mi abuelo “El Carabiné”, el padre de mi padre, estaba esperando con ilusión el nacimiento del que debería ser su primer nieto; yo. Un mes y diez días antes de que yo naciera murió. No nos conocimos, aunque siempre he sido el nieto de “El Carabiné”.

Mi padre ha ido dando prórrogas a la vida. Primero quería llegar a los sesenta años y llegó, luego dijo que a los ochenta y llegó, luego a los noventa y llegó el pasado julio. Ya sabía que las prórrogas no podían ser muy largas, así que la siguiente meta pensaba que estaba al alcance de su vida, quería llegar a noviembre para ver nacer a su primer bisnieto. No ha podido ser. Sesenta y un años después se ha vuelto a repetir la historia con una generación de diferencia.

No creo en cielos, más allás, ni infiernos, ni premios, ni castigos. Todo lo que hay está en la vida. Pero si estuviera equivocado y hubiera un más allá, me gustaría ver a mi padre trabajando de pastelero, que era lo que siempre había querido. No porque le gustara el oficio. Le gustaban los pasteles, era goloso y pensaba que sólo estando todo el día en una pastelería podría saciar su deseo.

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