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Gonzalo Villa. Quiero ser mamá. Lo extraño que hay en mí
Jueves, 26 de Abril de 2012 00:00

Me lo noto en las entrañas. Me urge. Lo necesito. Traeré el dinerito y ella me pondrá su cocidito. Ella se ocupará de mis hijos y del hogar, sin más obligaciones que las que se imponga a sí misma. Mía es la decisión de procrear. Mía la de abortar. Lo noto en la sangre. En este momento han confluido las circunstancias para que pueda traer hijos al mundo. Han nacido cuantos he querido. Bien, a Dios gracias. Les educará como sé que lo hará. Está decidida. Está capacitada. Se ha formado durante largos años para ello y se desvive por ponerse al día en tanto en lo que se puede mejorar. Le encanta estar con los niños. Dedicarles tiempo de calidad. Lo sé.

Serán mis niños, porque ella mira por mis  ojos, habla por mi boca, lleva mi esencia. Soy en ella, y ella es uno conmigo.

Por mis hijos trabajo, trapichearía, cometería delitos o lo que hiciera falta. Me he hecho un seguro de vida para dejarles cubierta la hipoteca. Con la pensión de viudedad podrán ir tirando. Mi pareja es Dios para mí. Ella ha sido mi tabla de salvación. Estaba perdida y ella me ha redimido, como Yahvé a Jonás, como el padre al hijo pródigo, como Jesús a Zaqueo, como el policía a la justiciera resentida.

Mantendré a mi familia, para eso me he casado. Para eso me he embarazado. Me iré donde me lleve mi vocación, donde pueda realizarme. Y no temeré la ausencia, el  estar lejos de los míos, que se conviertan en extraños o peor aún que se conviertan en cucos, arrojando al vacío de la desaparición a mis crías.

¿Y qué es peor, el robo de un bebé por una monja, que no se lo va a quedar y le va a salvar de convertirse en delincuente; o que esa madre se lo robe a su padre para convertirlo en un maleante conflictivo y problemático?

El matrimonio no llegará a no ser para disfrutarse ni para no auxiliarse mutuamente. Eso sería de impíos y arpías. Una madre normal se casa para mantener a su familia, con la que puede no convivir cotidianamente, pero de la que formará parte, porque todos la tendrán presente en sus pensamientos y en sus corazones, receptivos a sus comunicaciones, aportaciones y propuestas. Más aún si cabe, al ser conscientes del sacrificio que supone dejar de atender sus necesidades en el día a día, y que mentes bastas y frías, por acción u omisión, puedan arrojarles en picado a los abismos del inframundo. Su ser está presente en ellos, y en ellos deposita lo mejor que puede de lo que hace mejor a cualquier ser humano. No legados de haraganes ni costumbres de parásitos o secuestradores, por citar algunas aberraciones humanas.

Y será un pilar de su casa. Y la venerarán por ser beneficiarios de lo que con sus desvelos, privaciones y esfuerzos les procura y reserva para ellos, para cuando llegue el momento preciso. Y ellos no se dejarán seducir por la indiferencia, el olvido o la desconsideración.

La sorprenderán con viajes inesperados. La agasajarán con atenciones que demuestren su agradecimiento y el reconocimiento de la deuda que suponga una justa contraprestación a lo que reciben. La emocionarán con sus muestras de cariño. Hasta dignificarse en familia, por y para ella.
Ahora pase el test del amor, que supone colocar indistintamente a cada miembro de la familia, padre, madre, hijos, en cualquier personaje del texto. Y si percibe gente de mala calidad, no se ría, podría ser parte de ella.

Y si se siente abochornada, acepte sus obligaciones y servidumbres. Comprenda el malestar de aquellos a los que ha agraviado y haga propósito de la enmienda, presentando las disculpas, que honran, de un Rey –Lo siento mucho. Me he equivocado. Y no volverá a ocurrir-

 

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