
José Alberto Pellicer
Habría que eliminar las procesiones. No tiene nada de anticlerical, no tiene nada contra los creyentes. Es una medida más para combatir la crisis.
Muchos dirán que no tiene nada de gasto, que sólo es desfilar detrás de un santo o santa que no suele cobrar nada, que como mucho se desgastan algo las suelas y se toma alguna pasta. Muy poca cosa. Con eso poco se puede contribuir a combatir la crisis.
Pues no. Las procesiones nos salen muy caras. Invito a cualquiera a observar en cualquier fotografía o vídeo los acompañantes de las procesiones. Están los del pueblo, los feligreses, los que forman parte de la procesión aunque no sean creyentes, los que creen en las procesiones. En las mismas fotografías aparece el fondo de una calles, de distintos pueblos, pero invariablemente, ya se trate de un santo, una santa, una virgen o la santísima trinidad, allí están una recua de políticos que desfilando están llevando a cabo lo más importante de su agenda.
Desfilan con gallardía, como si fueran el mismo santo. Miden sus pasos como si les contemplara todo el mundo. Los alcaldes y cofrades los invitan porque le dan peso a la fiesta.
Se comen unas pastas, no muchas, que como las procesiones se acumulan vienen de tomar otro ágape de otra procesión y cuando acaben con esta irán a otra.
Allí están el santo y el presidente, el vicepresidente, el delegado, el subdelegado, el prohombre, el senador, el diputado nacional, el autonómico y la madre que los parió. Y los hay de todos colores; azules, rojos, amarillos, con hoz, con gaviota, con capullo.
Y si hablas con ellos puedes escuchar lo ajetreado que han llevado el día de una procesión a otra. Incluso quieren cambiar los calendarios para que el día de santa Águeda sea diferente en cada población, que si no, no llegan.
Y si repasas la agenda de muchos, muchísimos de ellos, eso (inauguraciones ninguna que ya está todo inaugurado) y dos vinos españoles o aragoneses (depende del partido) es lo único que hacen por el pueblo.
Bueno, para ser respetuosos con los amantes de las tradiciones, se podría suprimir la cola de las procesiones. Nos ahorraríamos un pastón. Muchos de nuestros próceres descansarían y nos dejarían en paz.
Sólo con esa medida nos ahorraríamos un pastón en cargos políticos. ¡Qué ahorro!
