Opiniones

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Andorra, seis años después: cuando la prisa sustituyó a la visión

La central térmica de Andorra nunca fue solo una infraestructura energética. Durante décadas fue el verdadero pulmón económico de la comarca y uno de los pilares industriales más sólidos de la provincia de Teruel. Se trataba, además, de una de las pocas centrales térmicas rentables del país, gracias a la proximidad del mineral y a una cadena de valor plenamente asentada en el territorio. Sin embargo, fue también la primera en cerrarse y demolerse sin que existiera una alternativa real y operativa que garantizara la continuidad económica y social de la zona.

Hoy, a seis años del cierre, el balance no puede ser más preocupante. La prisa política se impuso a la planificación a largo plazo, y las consecuencias están hoy a la vista de todos. No existe todavía ninguna actividad sustitutoria de peso que haya logrado compensar la pérdida de empleo directo e indirecto que generaba la central. Las promesas fueron muchas, pero los resultados, escasos.

En la actualidad, solo dos proyectos de relevancia siguen sobre la mesa: Catalina y el Nudo Mudéjar, impulsado por Enel Green Power. Ambos siguen a la espera de las correspondientes autorizaciones medioambientales y administrativas del Gobierno de España, en un contexto de demoras continuadas que lastran el desarrollo del territorio y agravan la pérdida de oportunidades, población y actividad económica.

Entretanto, han sido numerosos los proyectos empresariales anunciados a bombo y platillo que nunca llegaron a materializarse. La fábrica de fideos chinos, la anunciada implantación industrial de Oxaquim en Andorra o el proyecto de Yasunn Pannun en Calanda son solo algunos ejemplos de iniciativas que se presentaron como solución y acabaron diluyéndose sin explicaciones claras. Cada anuncio fallido ha dejado tras de sí una sensación creciente de frustración y desconfianza entre vecinos y empresarios.

Las cifras demográficas y económicas reflejan con crudeza esta realidad. Entre 2020 y 2025, Andorra ha perdido más de 1.000
habitantes, lo que supone una caída aproximada del 16% de su población. A esta sangría demográfica se suma el cierre de cerca del 20% de los bares de la localidad, un indicador claro del deterioro de la actividad económica y de la vida social. Cuando cierran los bares no se apagan solo las cajas registradoras, sino que se apaga la conversación la costumbre y ese pequeño país cotidiano donde aún se llamaba a la gente por su nombre. La comunidad.

A todo ello hay que añadir la paralización y los retrasos constantes en infraestructuras clave como la A-68, fundamental para la vertebración y competitividad de la provincia. Sin conexiones adecuadas, resulta casi imposible atraer inversiones industriales de envergadura. Del mismo modo, resulta incomprensible la ínfima aplicación de las ayudas al funcionamiento, que apenas se sitúan entre el 1% y el 1,5%, cuando la normativa europea permite alcanzar hasta el 20%. Esta herramienta sería clave para reforzar a las empresas ya implantadas y para hacer atractivo el territorio a nuevas inversiones.

La situación exige, de una vez por todas, una acción política decidida y responsable. Es imprescindible que el Gobierno de España priorice la tramitación de los proyectos estratégicos comprometidos con el territorio y abandone la dinámica de anuncios vacíos y plazos incumplidos. Andorra, su comarca y el conjunto del Bajo Aragón no pueden permitirse seguir perdiendo fondos europeos, proyectos tractores y, sobre todo, talento joven que se ve obligado a marcharse ante la falta de oportunidades.

No se trata de nostalgia sino de futuro, de entender lo que se hizo mal y de cambiar la prisa por una mirada larga y responsable. Porque cada año desperdiciado empuja un poco más hacia la despoblación irreversible de un territorio que ya demostró con creces que sabe generar riqueza y empleo cuando se le ofrecen los medios adecuados.

Mascotas

En los últimos tiempos, se ha multiplicado el número de animales de compañía que, en España, ya supera con creces al de niños. Estos suman 6,6 millones frente a 9,5 millones solo de perros censados. Las personas necesitamos dar y recibir afecto y hay quienes para combatir su soledad adoptan mascotas a las que prodigan la dedicación que no pueden ofrecer a hijos o nietos.

Es cierto que muchos animales son más nobles y leales que algunos racionales y que se les toma cariño y duele cuando nos dejan; pero estamos cayendo en el despropósito mimándolos y malcriándolos desmesuradamente. Las mascotas tampoco son juguetes para regalar. De cachorros, resultan muy graciosos pero no se pueden guardar en una caja para entretenerse con ellos en otro momento. Son seres vivos que requieren una serie de obligaciones diarias y sus dueños acaban por cansarse y, olvidando que los animales igualmente sienten y padecen, los abandonan.

De acuerdo con que se vele a todos los niveles por el bienestar animal. Sin embargo, hay que encontrar un equilibrio. La restricción a la caza de determinadas especies, como los jabalíes, ha provocado la sobrepoblación de estas alimañas –más de doscientos mil se contabilizan en Aragón- que campan a sus anchas por zonas urbanas y carreteras causando múltiples accidentes de tráfico, el 40% de los acaecidos en nuestra comarca en 2024. Y aparte, los daños que generan en la agricultura. Las Navidades pasadas, uno de estos animales se coló en la pista del aeropuerto de La Coruña forzando al cierre de las instalaciones y a desviar o retrasar por seguridad algunos vuelos. O la proliferación de lobos perjudicial para la ganadería. Gran Bretaña va a prohibir la cocción de mariscos vivos para evitar su tortura. Previamente, habrá que aturdirlos con descargas eléctricas.

Estamos alcanzando unos extremos absurdos y no tardaremos en no poder usar lociones contra los piojos o insecticidas contra los mosquitos pues estos bichitos también sufren. Ya nos creemos cualquier extravagancia como el bulo de proscribir el vareado de los olivos por violencia vegetal.

Nos excedemos en la “humanización” y cuidado de las mascotas. Surgen como las setas en otoño establecimientos dedicados a animales. Existen peluquerías, centros de estética, cementerios, pastelerías y cadenas de televisión para perros y gatos. Se les disfraza, se les pasea en carritos de bebé, se les sienta a la mesa… Se les considera un miembro más de la familia. Estas actitudes antinaturales trastornan sus necesidades biológicas ocasionándoles obesidad, estrés y problemas de salud y de comportamiento. El brasileño Roberto Carlos tendría que cambiar la letra de su canción y decir no que quisiera ser civilizado como los animales sino que quiere vivir como algunos de ellos.

Mascotas

En los últimos tiempos, se ha multiplicado el número de animales de compañía que, en España, ya supera con creces al de niños. Estos suman 6,6 millones frente a 9,5 millones solo de perros censados. Las personas necesitamos dar y recibir afecto y hay quienes para combatir su soledad adoptan mascotas a las que prodigan la dedicación que no pueden ofrecer a hijos o nietos.

Es cierto que muchos animales son más nobles y leales que algunos racionales y que se les toma cariño y duele cuando nos dejan; pero estamos cayendo en el despropósito mimándolos y malcriándolos desmesuradamente. Las mascotas tampoco son juguetes para regalar. De cachorros, resultan muy graciosos pero no se pueden guardar en una caja para entretenerse con ellos en otro momento. Son seres vivos que requieren una serie de obligaciones diarias y sus dueños acaban por cansarse y, olvidando que los animales igualmente sienten y padecen, los abandonan.

De acuerdo con que se vele a todos los niveles por el bienestar animal. Sin embargo, hay que encontrar un equilibrio. La restricción a la caza de determinadas especies, como los jabalíes, ha provocado la sobrepoblación de estas alimañas –más de doscientos mil se contabilizan en Aragón- que campan a sus anchas por zonas urbanas y carreteras causando múltiples accidentes de tráfico, el 40% de los acaecidos en nuestra comarca en 2024. Y aparte, los daños que generan en la agricultura. Las Navidades pasadas, uno de estos animales se coló en la pista del aeropuerto de La Coruña forzando al cierre de las instalaciones y a desviar o retrasar por seguridad algunos vuelos. O la proliferación de lobos perjudicial para la ganadería. Gran Bretaña va a prohibir la cocción de mariscos vivos para evitar su tortura. Previamente, habrá que aturdirlos con descargas eléctricas.

Estamos alcanzando unos extremos absurdos y no tardaremos en no poder usar lociones contra los piojos o insecticidas contra los mosquitos pues estos bichitos también sufren. Ya nos creemos cualquier extravagancia como el bulo de proscribir el vareado de los olivos por violencia vegetal.

Nos excedemos en la “humanización” y cuidado de las mascotas. Surgen como las setas en otoño establecimientos dedicados a animales. Existen peluquerías, centros de estética, cementerios, pastelerías y cadenas de televisión para perros y gatos. Se les disfraza, se les pasea en carritos de bebé, se les sienta a la mesa… Se les considera un miembro más de la familia. Estas actitudes antinaturales trastornan sus necesidades biológicas ocasionándoles obesidad, estrés y problemas de salud y de comportamiento. El brasileño Roberto Carlos tendría que cambiar la letra de su canción y decir no que quisiera ser civilizado como los animales sino que quiere vivir como algunos de ellos.

Navidad

La Navidad se adelanta de año en año. La lotería sale a la venta en julio, los turrones y mazapanes llenan las estanterías de los comercios cada vez más pronto o ya permanecen en ellas de continuo y las luces navideñas de las ciudades y casas se encienden con semanas de antelación.

La Navidad ha perdido su sentido religioso para transformarse en una vorágine de consumismo. A pesar de esta mudanza y vaciamiento de significado, la palabra Navidad molesta a muchos. En Gran Bretaña, asociaciones de nuevos nativos quieren prohibir sus celebraciones públicas por ofender sus creencias. Protestas más o menos violentas contra la Navidad se suceden en diversos lugares de Europa que se unen a las demandas laicistas de denominarla fiesta del solsticio de invierno. Así, en el calendario escolar de Castilla La Mancha, han titulado estas vacaciones “Descanso del primer trimestre” para no irritar. De momento, el sorteo del 22 de diciembre se sigue llamando de Navidad.

Hasta no hace mucho, cada dulce y cada fruta tenían su temporada. Ahora, las cosas han cambiado y todo se vende en cualquier época del año, como las tortas de Pascua. Uno, que es muy laminero y está educado a la antigua -o tiene manías- prefiere saborear cada producto en la época que le corresponde. En mi Navidad, no faltan mazapanes de Alejos y turrones de Pueyos Comercial de Alcañiz –que nada tienen que envidiar a los de marcas famosas- y, mi debilidad, el turrón de Suchard de toda la vida. Esta Navidad, lo han puesto a dieta y sus pastillas han adelgazado considerablemente; en cambio, su precio ha aumentando. Y eso que no llevan huevo. La gripe aviar los ha encarecido al tener que sacrificar a millones de gallinas y sus correspondientes puestas diarias o a confinarlas para evitar ser infectadas por las aves migratorias que atraviesan la península para invernar en África. Lo sorprendente es que, una vez cruzado el estrecho de Gibraltar, el peligro de contagio se esfuma y no afecta a las gallinas de Marruecos, nuestro próximo proveedor de huevos y pollo que se añadirán a las otras importaciones del sector primario que ya realizamos.

El pescado es un artículo de lujo, como la fruta y la verdura; también quieren reducir el ganado vacuno cuyos gases contribuyen al efecto invernadero y al cambio climático que, para Bill Gates, si bien ocasionará consecuencias graves, “no conducirá a la desaparición de la humanidad”.

Los huevos y todo lo que los contenga engrosarán la lista de las delicatesen. Nos quedaba el cerdo, animal impuro para algunos y, ahora, amenazado por la peste porcina africana detectada en Cataluña. Nos abocan a alimentarnos de insectos y de la carne artificial fabricada por el citado magnate norteamericano. Disfrutemos mientras podamos.

Feliz Navidad.

¿Coches? No, gracias

En 1950, se fundó la SEAT, acrónimo de Sociedad Española de Automóviles de Turismo, cuya fábrica se instaló en Barcelona. Siete años después, apareció el mítico SEAT 600 que revolucionó y motorizó a la España de la época. Antes del 600, el coche era un lujo accesible solo a unos pocos, pero, gracias a su precio asequible y a las facilidades de pago, una amplia franja de la población pudo adquirir su primer vehículo facilitándole los desplazamientos tanto en el ámbito laboral como en el del ocio. El 600, convertido en símbolo del desarrollismo económico de los años 60 y en emblema de la emergente y pujante clase media, permitió una mejora en la calidad de vida y una mayor sensación de libertad de los españoles. El cantautor Moncho Alpuente le dedicó una canción, “Adelante hombre del 600”, cuyo estribillo decía: “Adelante hombre del 600, la carretera nacional es tuya”. La composición era una loa a la autonomía y movilidad que significaba dicho modelo de auto en la España del despegue económico cuando comprar una casa estaba al alcance de gran cantidad de familias. El SEAT 600 se siguió fabricando hasta el año 1973.

Esta libertad de movimientos que, durante la dictadura franquista, suponía la posesión de un medio de transporte propio, por pequeño que fuera, se ve coartada por la dictadura de la Agenda 2030 que, poco a poco y solapadamente, nos van implantando sin que nos expliquen claro en qué consiste ni nos hayan pedido nuestro consentimiento. Hoy, el automóvil se está convirtiendo de nuevo en un artículo de lujo. Con la excusa de disminuir las emisiones de CO2 a fuer de respirar un aire puro y luchar contra el cambio climático, le han declarado la guerra y todo son limitaciones a su uso. Hablan de humanizar los espacios urbanos y transformar la ciudad de los coches en la ciudad de las personas para lo que se establecen zonas de bajas emisiones donde se prohíbe circular a los vehículos de combustión, los de las clases modestas que no pueden acceder, por su alto importe, a los eléctricos o híbridos; se eliminan aparcamientos en las calles lo que obliga a comprar o alquilar plazas en garajes; proyectan peajes en las autopistas y autovías y el compartir vehículo en los desplazamientos; impulsan un transporte público, cada vez peor y más lento, y que nos movamos en bicicleta o a pie. Pero, mientras debemos renunciar a nuestros autos o a viajar, los que dictan dichas normas se trasladan en jets privados para tratar de la sostenibilidad. Recientemente, el Congreso ha aprobado la Ley de Movilidad Sostenible que asume estas medidas que persiguen mantenernos controlados, pobres y confinados, pero siempre en beneficio nuestro. "La esclavitud nunca tiene tanto éxito como cuando el esclavo está convencido de que es por su propio bien".

Ofensas

No sé si se deberá al cambio climático, al que, últimamente, se acusa de todos los desastres que nos sobrevienen, pero lo cierto es que la especie humana ha perdido el oremus.

Estamos forjando una sociedad deshumanizada y pusilánime, donde cualquier adversidad frustra y deprime y se considera ofensa e intransigencia y donde se ampara más al delincuente que a la víctima. En Gran Bretaña, seis décadas después de su estreno, la película Mary Poppins ya no es apta para todos los públicos sino para mayores de 7 años. ¿El motivo? En dos escenas del filme, se utiliza el vocablo “hotentotes” de forma discriminatoria, lo que, por lo visto, puede conmocionar a los niños más pequeños o más sensibles.

¿Sabrán las criaturas quiénes son los hotentotes?

Otra excentricidad en boga es la inclusión. Se ha impuesto la moda del blackwashing (lavado de imagen negra, literalmente), llamado también casting a ciegas. Consiste en reemplazar a un personaje tradicionalmente blanco por un actor negro en un intento de impulsar la igualdad y el antirracismo. Esta práctica, sobre todo en las producciones anglosajonas, da lugar a absurdos como reinas, nobles y eclesiásticos de color en la Europa medieval y moderna. Pretenden, tal vez, limpiar su pasado xenófobo, supremacista étnico y segregacionista pero distorsionan la realidad histórica y cultural. Igualmente, se vetan determinadas palabras por estimarlas denigratorias y se reemplazan por eufemismos y que así nadie se sienta injuriado. Por el mismo motivo, en Irlanda, han sustituido el lenguaje sexista de la Biblia por otro más inclusivo.

En España, una persona trans, con toda la barba, denunció a la premio Planeta, Lucía Etxebarría, por dirigirse a ella en términos masculinos lo que juzgó una “vulneración de su derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen, a la dignidad y a la igualdad de trato y no discriminación”.

Finalmente, la Justicia desestimó la demanda basándose en la libertad de expresión de la escritora.

Con 37 géneros y 10 orientaciones sexuales, equivocarse resulta fácil. Sin embargo, ello no significa una falta de respeto ni un discurso de odio o de intolerancia por rechazar los dogmas oficiales. La religión woke, al negar el sexo biológico, está creando situaciones esperpénticas que moverían a muchos a risa de no ser porque patentizan la demolición de nuestro mundo tal como lo conocíamos y que vamos de cabeza al precipicio. Que aprovechen ahora que pueden pues cuando, de aquí a no tardar, el modo de vida occidental y sus valores sean minoritarios, no creo que los nuevos europeos admitan este tipo de comportamientos. En sus países de origen los prohíben y persiguen.

España en llamas

Este verano, España se está quemando. O la están quemando. Ya superan el centenar los detenidos e investigados por provocar esta ola de incendios que ha causado varias víctimas mortales y miles de desalojados. ¿Quién quema el monte? ¿Por qué se quema? ¿Estos pirómanos son terroristas medioambientales?, ¿descerebrados que prenden fuego para divertirse? u ¿obedecen a planes preconcebidos y sirven a intereses ocultos pero predecibles? Y como siempre, nadie es responsable. La culpa es del cambio climático aunque este tenga nombres y apellidos.

ASAJA (Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores), que conoce el mundo rural infinitamente más y mejor que los ‘burrócratas’ ecologistas de Bruselas, ha denunciado la situación de abandono y vulnerabilidad del campo español, consecuencia de “años de políticas equivocadas”. La civilización surge cuando el ser humano domina la naturaleza, domesticando animales y plantas. Ahora, se ha apostado por un modelo de ‘renaturalización’ de la naturaleza, que supone dejarla que campe libre y salvaje, sin contenciones ni intervención antrópica. Zarzas y matorrales se han adueñado de los bosques y pastos. Las abundantes lluvias de la pasada primavera han favorecido su crecimiento convirtiéndose, al secarse, en un polvorín activado, en numerosas ocasiones, por manos perversas.

Dice el refrán que más vale prevenir que curar. Y en España, es usual no tomar medidas precautorias ni en los incendios ni en las riadas e inundaciones ni, prácticamente, en nada. La inversión pública del Estado y las autonomías en la previsión de este tipo de desastres, en 13 años, se ha reducido a la mitad. A la ausencia de planificación y provisión hay que sumar la carencia de medios adecuados. El Gobierno central ha reducido la contratación de aviones antiincendios alegando no tener aprobados los Presupuestos Generales del Estado, y no puede utilizar ocho helicópteros de gran eficacia por las sanciones impuestas a la empresa rusa que los fabrica.

Tiempo atrás, el monte suministraba sustento para el ganado y leña para la gente; los suelos se mantenían despejados lo que, en caso de iniciarse un fuego, frenaba su propagación; hoy día, dichas tareas están proscritas -te pueden multar por recoger piñas secas de tierra- o exigen complicados e interminables trámites. Para ASAJA, la herramienta más eficaz en la prevención de los incendios es la ganadería extensiva pues reduce la vegetación y conserva abiertos y limpios los terrenos. Las absurdas trabas burocráticas al desarrollo rural aceleran el despoblamiento del campo.

En muchos espacios quemados se instalarán parques eólicos o solares. Si no, al tiempo.

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