Opiniones

EN MI MOLESTA OPINIÓN: Una de chinos

José Alberto Pellicer

Creo que es una afición común a mucha gente ir a una tienda de chinos. Quizás no necesites nada, pero ellos lo tienen. Acabas encontrando lo que nunca se te había ocurrido buscar. Forman parte de nuestra cultura y nosotros pronto pasaremos a formar parte de la suya.

Alguna vez acudo, pero no puedo evitar cierta desazón cuando voy a entrar. Me digo, José Alberto, que no eres ningún delincuente e intento entrar con apariencia de normalidad, pero eso ya me delata. Intento aparentar normalidad, no soy normal. ¿Por qué? Me siento observado. Nada más pasar el umbral de la tienda medio centenar de cámaras me están apuntando y si no me he dado cuenta una pantalla inmensa dividida en veinte cuadrados me lo recuerda. De intentar ser un consumidor paso a ser un presunto delincuente. Los ojos no los llevan rasgados por un tema de raza. No. Es porque intentan disimular que te observan.

Cruzo una estantería pensando que allí voy a encontrar lo que busco. Y lo que me encuentro es la mirada oblicua de un chino que ha seguido mis pasos y con un gesto universal me hace saber que no podré robar nada. Pero si no voy a robar nada me digo. Pero el chino con un gesto me dice polsiacaso.  

Cuando cojo un objeto para observarlo lo hago bien separado de la estantería, con los brazos estirados para que no tengan duda de que no intento meterlo en el bolsillo. Sonrío a la cámara mi inocencia y sigo mirando con sudor frío.

No tengo nada que preguntar, pero al quinto chino que me encuentro le pregunto dónde están las tijeras para inspirarle confianza. Tijelas, me responde y me lleva sin perderme de vista hasta la estantería de los jarrones de escayola. Y me quedo allí como si eso es lo que buscara porque me aterra que el presunto delincuente le genere alguna duda.

Pero lo peor está por llegar. No he encontrado nada y debo salir sin pasar por caja. Ya se me ha caído toda la presunción. Ya soy un delincuente. Los doce chinos, las cien cámaras, dos rumanas que creía que eran clientas y también son policías chinas infiltradas me siguen con la mirada. Yo aterrado salgo con las manos levantadas dando a entender en cantonés que no llevo nada, que no he encontrado lo que buscaba y entonces un chino me dice tijelas, ¿eh? tijelas.

Logro salir, pero antes de que me pierdan de vista me echo mano a mis bolsillos no vaya a ser que sin querer se me haya caído algo. Ha habido suerte. Hoy no he delinquido.

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