El trágico suceso que se ha cobrado la vida de seis de los miembros de la cuadrilla helitransportada de Alcorisa ha conmocionado a toda la sociedad aragonesa. Ha sido un duro golpe que de repente nos muestra la cruda realidad sobre los riesgos que asumen aquellos que se dedican profesionalmente a la extinción de los incendios forestales. Desgraciadamente no es un hecho nuevo, en el 94 perecieron cuatro bomberos catalanes en el incendio de Nonaspe, en el 2007 Ruth Saura de la misma cuadrilla de Alcorisa pereció en las labores de extinción del incendio de Obón, en 2009 otros cinco bomberos catalanes murieron en el incendio de Horta de San Juan y Ramón Conejero, un bombero de la DPT, falleció en el incendio de Corbalán.
Todos eran empleados públicos, que habían hecho de su profesión su modo de vida, y a todos les unía un denominador común, su vocación por la defensa y conservación de la naturaleza y su espíritu de servicio. Los agentes forestales, brigadistas, bomberos y pilotos siempre han estado ahí, defendiendo el patrimonio natural de todos, ya sea público o privado, en condiciones laborales cuestionables y últimamente tachados de privilegiados por tener un puesto de trabajo fijo, privilegio por el que se les había recortado su sueldo este último año.
En nuestro territorio, el Bajo Aragón histórico, trabajan a lo largo de diferentes épocas del año muchos de nuestros vecinos en otros medios de extinción, como brigadistas de cuadrillas terrestres, conductores de motobombas, vigilantes de torres, agentes forestales, técnicos, bomberos profesionales y voluntarios.
Desde estas líneas quiero prestar mi especial homenaje a Rafael, Esteban, Angus, José Ramón, Javier y Albert, y mostrar mi reconocimiento a todos los trabajadores de los diferentes colectivos que integran el operativo de extinción de incendios forestales de Aragón.
