La historia del progreso ha sido la del esfuerzo por encontrar soluciones a base de recorrer un largo camino. Hemos visto cómo los precedentes de la arquitectura y la ingeniería se afanaban en levantar estructuras con resultado incierto: si acertaban tenían la obra, si no, se les hundía. Meditaban sobre cuál podía haber sido el error u errores, y trataban de subsanarlo para la próxima vez.
En medicina ocurría algo similar: los especialistas probaban tratamientos y pócimas. Si daban en el clavo el paciente sanaba, pero no siempre ocurría así.
Afortunadamente, la investigación logró establecer claves y parámetros, fundamentarse en datos y resultados, para que no fuera aleatoria la resolución de los conflictos que se planteaban. Se establecieron premisas seguras para actuar.
La economía no ha seguido la misma senda, los economistas, salvo honrosas y notables excepciones no han dejado de dar palos de ciego. La mayoría, la economía dominante, ni se enteró de que llegaba la crisis y no dejan de aportar soluciones erróneas, con un empecinamiento digno de expulsión sin indemnización. Paradójicamente, se les premia con gobiernos en los que van a aplicar los mismos mecanismos equivocados. Aunque ¿para quién son equivocados? Unos pocos se enriquecen cada día más, a costa de la población en general. Eso es lo que cuenta para ellos.
La economía hoy en día parece una ciencia medieval. Desde el momento en el que su objeto de estudio, el dinero, es el dios por el que todo se rige. Se nos caen catedrales y las garrapatas y sanguijuelas nos sangran sin que experimentemos mejoría pero parece que esto no es suficiente para desautorizar a estos tecnócratas. Lo peor es que esta economía dominante nos está conduciendo también a la Edad Media, a los señores feudales que sientan sus reales posaderas sobre la plebe.
