"El hombre es un lobo para el hombre". Thomas Hobbes
Metáfora es designar algo a través de otra cosa. Crear metáforas y usarlas transformando la apariencia de las cosas, forma parte de nuestra manera de pensar, y de entender el mundo. Es un fenómeno social y creativo. Usamos metáforas en nuestra vida cotidiana, (las patas de lo muebles; el ratón del ordenador), en la literatura, especialmente en la poesía. Pero donde más florece ese ingenioso don de la sustitución de una cosa por otra, es en el lenguaje político.
Aquí es otra historia: cuando se emplea en lenguaje político o en el debate público, la metáfora se presta fácilmente para encubrir la realidad. Puede suceder que la similitud que se aplica a una situación sustituye la lógica de lo sustituido y la realidad suplantada queda oculta detrás de imágenes y máscaras. O sea, que nos están engañando. Por otro lado la capacidad de la metáfora para apelar a las emociones y sentimientos hace que su efecto sea, muchas veces, devastador. Son capaces de hacernos ver lo bueno como malo, y viceversa.
En este tiempo (y en todos) hay que prestar especial atención al lenguaje de los políticos, por esa doble capacidad tan “metafórica” de hacernos pasar gato por liebre, o mentirnos descaradamente.
El lenguaje y el pensamiento metafórico son seguramente ineludibles ya que es una manera rápida y eficaz de representar de una forma sencilla cuestiones que son complejas, pero se trata también de una estratagema brillante de ocultar la realidad de las cosas. Es crucial que nunca perdamos de vista su carácter instrumental y que nos percatemos de sus funciones y limitaciones para no incurrir en abusos como hablantes, ni ser víctimas, como escuchantes, de engaños ni chantajes afectivos
