Opiniones

Jaime Gracia

1972, sin duda una de las mejores cosechas (quinta parte)

Y la plaza, ahora es bonita, pero a los jóvenes os puedo asegurar que antes lo era mucho más. Toda la plaza y su entorno, guardaban una armonía similar a muchas plazas del Matarraña o Maestrazgo, que sí han sabido cambiar el término destruir por el de restaurar. Recuerdo las típicas casas del siglo XIX, enfrente del hotel Guadalope. La planta baja de una, era un banco, el banco de Aragón, que luego fue el Central y en otra, ahora me río, pero que mal lo pasábamos cuando nos llevaban camino de aquella casa, donde nos esperaba el practicante; bajabas unos peldaños y a esperar, mientras iban desfilando niños frotándose el trasero del escozor. No existían las agujas desechables, no. La misma aguja se metía en una especie de lata llena de alcohol y se prendía fuego para esterilizarla, con lo cual el tema psicológico actuaba bastante de antemano. ¡Qué tiempos!

Siguiendo con los bancos, creo que ya en los 70, lo que hoy conocemos como Ibercaja, estaba en el Palacio Ardid y se llamaba Caja de ahorros y Monte de piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja; me acuerdo que para navidad iban los abuelos bien contentos, a recoger sus frascos de colonia de Heno de Pravía o Lavanda. Un poco más arriba en la otra acera estaba el Hispano y en la calle Alejandre se ubicó posteriormente el Central, que tenía otra entrada por la calle Blasco y era un buen atajo para no dar toda la vuelta. Entonces, era habitual tener una zona dentro del banco protegida por cristales muy gruesos donde se abría un pequeño hueco en forma de escotilla, donde se realizaban las operaciones monetarias. El resto era una zona diáfana donde destacaban las antiguas máquinas de escribir con su peculiar sonido al golpear la tecla y al llegar al final de línea, a darle a la palanquita, a arrastrar y a volver a teclear. No había margen de error.

La peseta que maja, ahora nos acordamos de ella más que nunca. Que ilusos, nos creíamos que cien pesetas eran un euro y que 2000 pesetas eran como 20 euros; y el dinero se iba y se iba, aunque nosotros seguíamos cobrando lo mismo. El duro, la de 25 pesetas, de cincuenta, primero de Franco y luego del Rey, el billete marrón de cien pesetas con la foto del calvo con gafas (Manuel de Falla), el azul de 500, el verde de 1000 con la roca del Teide y el violeta de 5000 (de estos se veían como ahora los de 100 euros). Nuestros abuelos aún conservaban en sus monederos la perra chica y la perra gorda, la moneda de 50 céntimos con un agujerico en medio y se entendían en reales. Os fijáis, la historia se repite, nuestros abuelos pasaban las pesetas a reales y nosotros pasamos los euros a pesetas.

Los sábados por la tarde nuestros padres y abuelos se iban a tomar el café y a jugar “la partida” al bar más cercano, esto iba por barrios. En mi caso, cuando comíamos en casa de los abuelos paternos, iban a La Alpargata y si comíamos en casa iban al Bar Avenida, que caía por donde está ahora La Caixa. Los Domingos por la mañana a misa y luego a tomar el vermut bien guapos a los bares de la calle Alejandre, a La Maravilla, al Moderno o al Snack Bar. Mientras nuestros padres disfrutaban del Martini con su oliva rellena, a nosotros nos bastaba con las burbujitas de la Mirinda. Por la tarde, al fútbol con un campo envidiable de césped natural y lleno de gente, en especial si jugábamos contra mi querido Caspe, era el gran derbi. Había una coqueta taquilla de entrada, enfrente del parque de la plaza de toros, por la zona lateral de la pista roja (que no existía), donde en el tejado había unas letras que nos recordaban que entrábamos en la  Ciudad Deportiva Santa María. Sólo existía la pista de hockey (sin cubrir) rodeada de un seto de cipreses, un campo de fútbol de tierra donde hoy se ubica el pabellón y una bonita pista de atletismo alrededor del campo de fútbol principal, con su foso de arena para salto de longitud y círculo para lanzamiento de disco o martillo.

Y de los coches y carreteras de los 70, que me contáis, todos recordamos el antiguo coche de los abuelos o el primer coche de nuestros padres: los Seat 600,850 y el 1500 típico de los taxis, el cuatro latas, el Dauphine, las furgonetas de reparto 2 CV y el preferido de los niños de la época, el tiburón. Coches que no pasaban de los 100 Km/hora y sólo tenían cuatro marchas. No eran cuatro o cinco plazas, eran las que se cabían ya que lo de los cinturones de seguridad no era obligatorio, ni siquiera llevaban en las plazas traseras. Yo recuerdo viajes, sentado en las plazas traseras, junto con mi hermano y primos, encima de adultos; o sea que en el coche podíamos ir unas 8 personas sin aire acondicionado, que tampoco existía, en pleno mes de agosto, por unas carreteras estrechas, parcheadas y con incontables curvas, cuyo resultado era que acabáramos con nuestras madres en una cuneta sujetándonos la frente. SEGUIRÁ…

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