
1972, sin duda una de las mejores cosechas (octava parte)
Con estas olas de calor que hemos padecido, como no iba a recordar aquellos veranos bochornosos de los 70, sin la existencia de aires acondicionados, ni tantos lugares donde encontrar una simple bolsa de cubitos de hielo. Bendito ventilador, en casa, en los bares y hasta algún coche parecía que lo llevaba de serie. Para refrescarte por dentro, agua con limón exprimido y azúcar, y por la noche “a la fresca”, unas sillicas y al portal, nada de televisiones, se juntaban varios vecinos y a charrar, que ejercicio más sencillo y sano; le iban a dar a los share de audiencia ahora.
Para mí y muchos niños de la época, que llegara el verano era significado de: cambio de padres por abuelos. Las guarderías no estaban tan implantadas como ahora y había que buscar otras fórmulas. “El pueblo” o “el masico” pasaban a ser nuestras principales residencias veraniegas. Las primeras imágenes que me vienen a la cabeza, corresponden a Caspe (pueblo de mis abuelos maternos), con sus calles adoquinadas, la balsa, el campo de fútbol de tierra al lado del instituto, sus trenes (el Talgo, el Rápido), las cigarras cantando a todo volumen camino de la piscina municipal, el polo de los dos palitos, los balones de reglamento cosidos a mano, los bastones del desayuno y los maravillosos colchones de lana.
Quiero acordarme especialmente de la figura del abuelo, el abuelo de todos, con esa carita arrugada que transmitía tanta ternura, a la vez que su mirada cristalina nos hacía entrever el sufrimiento de haber vivido una guerra o en el mejor de los casos una postguerra. Los nietos, éramos sin duda, el mejor homenaje final a tantos años de sacrificio. Tuve la grandísima suerte de conocer a los cuatro abuelos, bueno cinco, porque mi tía María era como otra abuela. Casualmente con el abuelo que más disfruté y primero que perdí, fue el único partícipe activo en la guerra civil, el me decía que siempre disparaba hacía arriba porque sus hermanos estaban en el otro bando. A la hora de dormir, me contaba batallitas con su toque personal; para mí era como un héroe, alto, fuerte, con un tatuaje de la guerra en su brazo, me cogía en brazos y sentía estar en un bunker; me llamaba mucho la atención el ritual del afeitado, la brocha, el jabón, las cuchillas y esas bofetadas que se daba al terminar la sesión. Cuántos de nosotros no hemos probado a ponernos, espuma con esa brocha, al igual que la boina negra, las zapatillas o el cinturón del abuelo.
Nos llevaban a todas partes. El mío me montaba delante en su Mobilette Campera; para encenderla se subía encima, daba cuatro vueltas a los pedales, dos disparos y a funcionar; yo con mis cuatro añazos, no era capaz ni de mover los pedales. Íbamos a la piscina municipal, que costaba tan sólo 15 pesetas; a la estación a ver los trenes y jugar con el jefe de estación con su gorra, su silbato y creo que una bandera roja, lo más divertido era el cambio de agujas y ver como daban la vuelta a la locomotora para cambiar el sentido. Veíamos juntos las películas del oeste de John Wayne y las de piratas, en blanco y negro, claro. En las fiestas, entrábamos al ayuntamiento a tocar la mano a los gigantes, y como era el encargado, me enseñaba el cuarto donde estaban guardados los cabezudos y los toros de fuego, era un momento mágico. Una emoción semejante recorría mi cuerpo cuando veíamos las vaquillas en los corrales del Plano, momentos antes de la suelta.
Conservo muchas cosas suyas, pero quizá algo que muchos caspolinos recuerden con cariño, son los aviones de madera que construyó y colocó en lo alto de la terraza de la calle Gumá, que al soplar el cierzo movían sus hélices de chapa y provocaban el giro de los aviones a modo de veleta.
Ir al fútbol con los abuelos era otra de las tradiciones veraniegas y los campos de tercera se llenaban, especialmente en los derbis Caspe-Alcañiz (blanquiazules contra blanquinegros). Mi caso era gracioso (conocido también como estado de apuro infantil), el abuelo materno exjugador y socio del Caspe y mi abuelo paterno fundador, exjugador y socio del Alcañiz, así que un servidor por si acaso, para no dar lugar a preguntas incómodas, pasaba el tiempo del partido saltando en el foso de arena imitando las estiradas de Arconada. SEGUIRÁ…
