Opiniones

José Alberto Pellicer. La afición por correr

Los que tengan mi edad recordarán al Captitán Tan, que comenzaba sus peroratas con sus viajes a lo largo y ancho de este mundo. Sin ser tan viajado como el Capitán Tan, a veces puedo pecar de pedante haciendo referencia a mis viajes.

Pues a lo largo de mis viajes a lo largo y ancho de este mundo he conocido a Harry, un joven austriaco que participó en una carrera de 24 horas en las que recorrió más de 200 kilómetros. He conocido a Robert, un norteamericano setentón que ha corrido una veintena de maratones y que este año estaba especialmente feliz porque iba a correr uno junto a su hijo. He conocido a Prades de Alcañiz que me ilusionó tanto saber que había corrido un maratón, hace años,  que corrí tanto como él a hacerle una entrevista. He conocido a mucha gente con la que he compartido sueños, carreras e ilusiones. He conocido al chileno que después de estar meses bajo tierra, enterrado en la mina, entrenando en la mina, se fue a correr el maratón de Nueva York.  Pero lo más importante, he compartido con ellos una forma de ver la vida. Una forma de ponerse retos, de afrontarlos.

Cuando puedo insisto a mis amigos y conocidos que apoyen a sus hijos en el bello disfrute de correr. No me hacen caso. Murakami, un escritor japonés y también corredor de maratones escribió que todos pecamos en insistir a los demás en querer hacerles partícipes de nuestro goce. Dice Murakami que es inútil, quien tenga  esa forma de ver la vida, en un momento u otro aflorará su necesidad.

Hay excepciones. Clubes como Tragamillas de Alcañiz, o Zancadas de Andorra, predican y consiguen que los chavales piensen, se preparen, se ilusionen y corran 10 kilómetros un domingo, como el pasado. ¡Qué herencia más hermosa para dejar a un hijo! La afición por correr.

 

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