
Catalina de Erauso, la Monja Alférez En las postrimerías del húmedo y frío invierno donostiarra de 1585 me imagino el hogar del capitán Don Miguel de Erauso atronado por el continuo berrear de la minúscula Catalina. La niña había nacido en febrero y no sería precisamente un mofletudo angelote de Murillo. La intuyo larguirucha y correosa como una liebre, y tras su mirada vivísima y oscura, debía esconder un genio de mil diablos. Doña María, su madre, andaría agotada y desesperada, sumida de día y de noche en un sinvivir. Pensando en que la niña estaba enferma, los Erauso debían haber hecho venir a casa a comadronas y practicantes. Diría que todos habían acabado por determinar que Catalina estaba sana, pero que Dios había querido que tuviera más mala leche que una higa amarga y más pulmones que un toro. Así que seguro que aconsejaron a los padres que, como la criatura tenía los “ojos nuevos y el ombligo atado”, la dejaran berrear a su albedrío y se encomendaran a Nuestra Señora de Arantzazu. También quiero imaginar que los precoces primeros pasos de Catalina supusieron el re-amueblamiento del hogar de los Erauso, ya que tendrían que subir todos los enseres a las estanterías más altas y proteger el fuego a tierra con una barandilla a prueba felinos pues la niña, sería sin duda, de las que todo lo tocan y con todo enredan, suponiendo, como se dice ahora en argot legal, un peligro para los demás y para sí misma. La veo con sus piernecitas llenas de moratones y la cabeza envuelta en una chichonera perpetua y de esa guisa, al cumplir los cuatro añitos, sería como fue entregada por sus agotados padres al convento de las Dominicas de San Sebastián donde su tía, Sor Úrsula de Unzá ejercía de priora.
Si esta breve reseña biográfica de la niña Catalina ha sido producto de mi imaginación, aparte de los nombres de protagonistas y lugares, que son ciertos, cierto es también lo que cuento ahora, porque está en los libros de historia. La severa educación de las monjas, templó más que doblegó su carácter, convirtiéndola en una adolescente sana y fuerte en lo físico, dura y determinada en su enjundia e inteligente y culta en lo intelectual. Pero la vena guerrera se conservaba intacta, así que cuando la venerable y robusta Sor Catalina de Aliri la emprendió con ella a bofetones, la pequeña Catalina se revolvió como una paniquesa y le dio hasta en los dobladillos de la toga, dejándola maltrecha. Temerosa de las represalias y convencida de que lo monacal no estaba hecho para ella, escapó del convento para nunca más volver.
La fierecilla con hábitos se refugio en un bosquecillo cercano, se rapó la cabeza y se hizo con ropa de hombre, emprendiendo una larga caminata hasta Vitoria. A partir de ahí su vida fue un peregrinar, llamándose Pedro, Francisco o Antonio, según la ocasión, y trabajando ora de criado, ora de paje de diversas personalidades, hasta que la visión del mar en Sanlúcar le nubló el sentido y viendo en su inmensidad un espacio de libertad del tamaño que su espíritu aventurero necesitaba, se embarcó como grumete en un galeón que partía a las Américas el Lunes Santo de 1603. Tenía 18 años.
Aunque parezca increíble, hasta el mar se le quedó pequeño. Los exuberantes territorios americanos y el olor a aventura, le hicieron desertar del barco y vagabundear por ahí, aprendiendo el uso de las armas. Adquirió tal destreza que al primer hombre que la ofendió, lo mató en duelo.
El asunto y su afición, según ella misma escribió, a “triscar” con las doncellas, la llevaron a las puertas de la cárcel, de la que se libró alistándose en el ejército. Valiente y feroz, sus hechos en el campo de batalla fueron notorios. De él-ella, en la Guerra de Arauco, en Chile, se escribió: “con desprecio de su vida se lanzó en medio del campo enemigo, mató al cacique y recuperó la bandera del Rey.” Éste hecho le hizo merecedora del grado de Alférez. Sus broncas, duelos y deudas de juego la llevaron pronto ante el cadalso. Para evitar la ejecución, confesó ante el Obispo Agustín de Carvajal su verdadera identidad de monja. Examinada por comadronas, se verificó su condición femenina y su virginidad. Enviada de nuevo a España, echándole bemoles, solicitó al Rey pensión militar por los servicios prestado. El perplejo monarca la nombró “Monja Alférez” y le otorgó pensión, a condición de que volviera a su lado femenino. Catalina, disconforme, viajó a Roma y consiguió que el Papa Urbano VIII le concediera el derecho a vestir de hombre y a usar su nombre masculino. Su fama se extendió por toda Europa y América. Vivió en Nápoles, aunque añoraba las Américas, y acabó por embarcarse de nuevo para fundar en México un negocio de transportes. La indómita Catalina murió allí en un accidente mientras transportaba mercancías. Sus restos descansan en la Iglesia de San Juan de Dios de Orizaba, Estado de Veracruz, México.
Hay personas que, como la mies, se doblegan por la fuerza del huracán de la vida. Hay otras que son el huracán.
