
El Doctor Joseph Murray El lunes pasado, fallecía en Boston a los 93 años, el cirujano estadounidense Joseph E. Murray, premio Nobel de Medicina en 1990 y artífice de la operación de riñón que supuso el primer trasplante de órganos humanos. Se preguntarán cómo se fraguó la personalidad de éste genio, nieto de pobres emigrantes católicos irlandeses e italianos. Pues bien. En su forja influyeron, era de adivinar, sus padres, un Juez de Distrito y una maestra, que le inculcaron desde pequeño el amor por el deporte y el reconocimiento del valor de las oportunidades de educación que su país le ofrecía, emparejados indisolublemente a la obligación moral de aprovecharlos al máximo sin otro fin que servir a la comunidad. Por otra, el buen hacer del Médico de Familia de su barrio, cuyo carisma caló en él tan profundamente que influyó en su deseo de querer ser cirujano. Por otra, el trabajo vocacional de su profesor de química en el bachiller, que cuando enseñaba a los alumnos la Tabla Periódica, no se conformaba con que la recitaran de memoria, si no que se esforzaba en imbuirles respeto y admiración por el orden casi milagroso de los elementos que forman el, aparentemente, caótico Universo.
Qué buenos pilares para unos buenos cimientos.
Si las columnas fueron buenas, las jácenas no iban a ser peores. El joven Joseph, alentado por esos principios, quiso acudir por las tardes a un pequeño colegio de artes y humanidades, donde completó su formación en griego, latín y filosofía.
Qué buena tierra para una buena semilla.
Con tan completo equipaje humanístico en su maleta y sin completar sus estudios como residente de cirugía, Joseph se encontró con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, teniendo que alistarse como médico militar en la Unidad de Cirugía Plástica y Reparadora para heridos de guerra del hospital Valley Forge, en Pensilvania. Allí se entregó en cuerpo y alma, de día y de noche, a la reparación estética y cuidados de los soldados que venían del frente con terribles mutilaciones y quemaduras, iniciando su particular guerra contra el rechazo natural que los tejidos de los heridos desarrollaban contra los tejidos de soldados donantes.
Terminada la contienda, tras haber trabajado en la reconstrucción de manos y rostros de miles de soldados, completó su residencia y en un par de años, tenía entonces 35, se atrevió a transplantar un riñón del donante Ronald Herrick a su hermano gemelo, culminando una intervención de más de cinco horas, la primera exitosa de éste tipo en el mundo. Tras aquél éxito, siguió trabajando sin descanso hasta conseguir buenos resultados en los transplantes de órganos de pacientes sin relación familiar, contribuyendo de forma esencial al desarrollo de los fármacos inmunosupresores, y dedicando su vida a la formación de cirujanos de todo el mundo, especialmente de países en vidas de desarrollo.
Casado con la pianista Bobby Link, padre de seis hijos y abuelo de once nietos, se consideraba el hombre más afortunado del mundo. Al morir, sólo lamentaba no haber tenido diez vidas más para haber sido, por éste orden: embriólogo, investigador genético, físico, astrónomo, geólogo, pianista, hombre del bosque, jugador de tenis, escritor y reportero del National Geographic.
Sólo en España en el 2011 se realizaron 4218 trasplantes de órganos, manteniéndonos como líderes mundiales en donaciones. Nuestro recuerdo y homenaje al Doctor Murray. Descansa en Paz.
“Y la semilla que cayó en tierra buena germinó, y creciendo dio fruto por centuplicado. El que tenga oídos para oír, que oiga." (Lucas 8, 4-8).
