
Santiago Ramón y Cajal Un primero de mayo, a mitad de consulta, alguien interrumpía la labor de Don Justo, el cirujano de Petilla de Aragón, pidiéndole a gritos que se apresurara a atender con urgencia un parto en curso. El médico, como impulsado por un resorte, saltó de su silla y sin quitarse la bata, a zancadas, subió de tres en tres los escalones que separaban el consultorio del piso de arriba, su vivienda, en donde su esposa Antonia estaba dando a luz. El parto transcurrió con normalidad, y el orgulloso padre mostró a su madre el agitado cuerpecito del recién nacido diciéndole: ¿Como llamaremos a éste navarrico? Antonia, frunciendo el ceño, le contestó: aunque Petilla pertenezca a Navarra, el zagal es maño porque yo soy maña y lo concebimos en Larrés a orillas del Aurín, el día de San Cosme y San Damián, que te pasaste de tinto y te pusiste por demás alegre. Don Justo, ante la autoridad del relato, se puso colorado y propuso llamarle Cosme, en honor a aquella tarde jacarandosa, pero Antonia, abrazando tiernamente entre sus brazos al recién nacido, dijo: Santiago, como el Apóstol de la Luz. Le llamaremos Santiago.
Bien pudo haber sido así como vino al mundo Santiago Ramón y Cajal, y tampoco se me antoja difícil recrear su infancia, la del hijo de un médico rural, pues mis hijas también la han vivido, cambiando cada pocos años de residencia, de pueblo en pueblo por la geografía aragonesa. De hecho los Ramón volvieron a Larrés, su pueblo, cuando Santiaguito tenía dos años. Luego vinieron los traslados a Luna, Valpalmas y Ayerbe, donde la imagen, por primera vez en su vida, de una gordinflona y ruidosa máquina de tren soltando nubes de vapor por todas sus espitas sobrecogió a Santiago de tal manera que, pienso sin duda, que sintió la necesidad de dibujarla.
Así, quién sabe, pudo nacer su pasión más encendida, el dibujo, para la cual había nacido especialmente dotado. De bien jovencico fue enviado a los Escolapios de Jaca, donde las pasó de a metro entre aquellos frailes de vara y memorieta. Aprendió los oficios de barbero y zapatero, pero su cerebro, hecho para la plástica y el dibujo, más visual que el de un halcón de la Sierra de Arcos, le llevó a querer ser dibujante, idea que su padre, no sin esfuerzo, le quitó de la cabeza para convencerle de que se hiciese médico. Así, a los 18 años se matriculó en la Facultad de Medicina de Zaragoza para licenciarse a los 21 e ingresar en el Cuerpo de Sanidad Militar. Con el grado de Capitán Médico se fue a la Guerra de Cuba y en dos durísimos años, en lo más inhóspito de la manigua, conoció, además de los desastres de la guerra, a toda la peña de ángeles del Apocalipsis de una sociedad colonial decadente: la corrupción, la miseria moral, la inmoralidad, la desidia... Depresivo, enfermo de malaria y disentería, pidió la baja y se volvió a la Península. En adelante se dedicaría a sus pasiones, la medicina y el dibujo, ocupando las cátedras de anatomía e histología de Valencia, Barcelona y Madrid. De la combinación de ambas pasiones, e impulsado por una voluntad de hierro, nació su obra cumbre, la Histología del Sistema Nervioso del Hombre y de los Vertebrados, publicada en fascículos entre 1897 y 1902, en la que la descripción del funcionamiento bioeléctrico de las neuronas y los bellísimos dibujos de las estructuras histológicas cerebrales, le catapultaron al reconocimiento internacional. La noche del 6 de octubre de 1906, mientras descansaba, recibió un telegrama del Reino de Suecia en el que se le comunicaba que había recibido el Nobel de Medicina. Adormilado, comentó: "Esto es una broma de los estudiantes". Y siguió durmiendo. Solo se convenció de que la noticia era cierta cuando por la mañana, leyó los periódicos.
Quiero recordar, en el día del aniversario de su fallecimiento, hace hoy 78 años, a nuestro insigne Santiago y loar un corazón que, a modo de cesta de frutas, nació y murió lleno de tenacidad, nobleza, austeridad, amor al trabajo y honestidad, que son frutas de Aragón, tierra de gigantes.
