Opiniones

José Antonio Calvo

Dalí Salvador Felipe Jacinto agonizaba en su natal Figueras. El dúo de Tristán e Isolda  “Desciende sobre nosotros, ¡oh! noche de amor", su ópera favorita, sonaba como un último deseo en el tocadiscos que había mandado colocar en su habitación. En ese instante, quizás soñando con su ya cercano reencuentro con su añorada esposa, Gala, fallecida seis años antes, su corazón de 84 años cesó de latir. Aquél 23 de enero de 1988, hoy hace 24 años, nuestro Ampurdanés universal, Dalí, había muerto.

Sus años de niñez en la casa familiar de su padre, el notario Salvador Dalí y Cusí, más duro y rígido que el adamantio, no hubieran resultados fáciles sin la continua tutela de su madre Felipa Domenech que, hasta su pronto fallecimiento (Dalí tenía 16 años) había sido para él “el ser con quien contaba para hacer invisibles las inevitables manchas de mi alma”, manchas que conformaban una personalidad que ya despuntaba neurótica y excéntrica y que desde su nacimiento fueron alimentadas por unos padres destrozados por la temprana muerte de su primogénito, también llamado Salvador, que buscaban consuelo en la creencia de que su segundo hijo, nuestro Dalí, nacido apenas 9 meses después, era el mayor renacido. De hecho, cuando Salvador Felipe cumplió 5 años, sus padres lo llevaron ante la tumba de su hermano y le convencieron de que él era su reencarnación, cosa que ya siempre creyó, incluso asegurando que, de hecho, él era una versión mejorada de su hermano. Su adolescencia transcurrió entre sus dos pasiones, el dibujo y el fútbol, hasta que a los 18 años fue enviado a la Residencia de Estudiantes de Madrid a estudiar Bellas Artes. No tardó en deslumbrar a sus compañeros Lorca y Buñuel con sus excentricidades y su rompedora forma de dibujar y pintar. De hecho, se dice que Lorca se enamoró apasionadamente de él y a Dalí no le nada fue fácil convencerle de su condición “hetero”.

Expulsado de Bellas Artes al afirmar que ningún profesor tenía altura suficiente para examinarle, se largó a París en donde conoció a Picasso, colaboró con Buñuel en el rodaje de Un Perro Andaluz y de paso se ligó a la mujer del poeta Paul Eluard, la rusa Elena Ivanovna, once años mayor que él, quien sería más tarde su esposa, la eterna Gala. Aquél romance y las excentricidades del artista le acarrearon la ruptura definitiva con su padre, quien lo desheredó, y a quien, en respuesta, le envió un condón usado con su propio esperma con una nota “Toma. Ya no te debo nada”.

En el 34, en plena efervescencia de Hitler, viendo las oscuras nubes que cernían sobre Europa, Dalí se fue a Nueva York donde expuso una colección de pinturas, cosechando un éxito rotundo. Expuso más tarde en Londres, donde se presentó ante la galería vestido de buzo. Pronunció una conferencia con la escafandra puesta y casi se asfixió. Entre sus excentricidades, propias de un loco, lienzos rompedores, atrevidos guiones de cine surrealista y dibujos que traspasaban las vanguardias, cobró fama internacional y se quedó en los Estados Unidos hasta el año 49, en que decidió volver a España, en plena dictadura, asunto que le acarreó no pocas enemistades en el mundillo artístico mundial, sufriendo acusaciones de todo tipo, desde hitleriano y franquista a antisemita, y eso que tenía muy buenos amigos judíos. Como contestación se declaró anarco-monárquico, y tan pronto criticaba duramente a socialistas y comunistas por la matanza de más de 7000 religiosos en nuestra Guerra Civil, felicitando a Franco por haber acabado con la barbarie, como felicitaba al dictador comunista Ceauçescu, como arremetía duramente contra el Caudillo acusándole del fusilamiento de su amigo Lorca. Sí es cierto que en su madurez abrazó el catolicismo y se hizo muy religioso, casándose por el rito católico con Gala, con la que estaba casada civilmente.

El excéntrico genio pintó 1.500 obras a lo largo de su vida, además de decenas de ilustraciones, litografías, escenografías, y una  cantidad enorme de dibujos y esculturas, sin olvidar que fue él quien diseñó el célebre logo de los Chupa Chups. Para berrinche de los nacionalistas radicales, Dalí había testado seis años antes de su fallecimiento a favor del Estado Español como heredero universal de su obra.

Quién no se ha detenido unos instantes al ver en cualquier sitio una copia de La Muchacha Asomada a la Ventana, del Cristo de San Juan de la Cruz o de los “relojes blandos”. Queda para siempre la obra de un genio, a quien muchos llamaban loco. Nuestro genio Dalí, nuestro loco.

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