
El placer de aprender Este fin de semana estuve en un curso de quesos en la sierra de Madrid. Ya me apunté hacía un par de meses y a medida que se acercaba la fecha, la emoción por todo lo que podía aprender allí iba en aumento. La última semana ha sido algo casi rayano en lo obsesivo, no me lo podía quitar de la cabeza. Por fin, el sábado a las 10 de la mañana estaba sentado, junto con otros 20 entusiastas, en la bonita buhardilla que iba a ser nuestra aula. Fue un momento extraño. Mientras esperábamos que el profesor llegara, la emoción se había tornado en preocupación; ¿y si el profesor es un desustanciado y es una pesadez de curso? ¿y si el curso no está a la altura de las expectativas que había puesto en él? Me tranquilicé pensando que algo me enseñaría, que aunque fuera un curso-plasta, en dos días algo tendría que aprender. Por fin Juan empezó a hablar y en pocos segundos percibí que allí iba a suceder algo grande.
Cuando nos despedíamos el domingo por la tarde, se percibía en los ojos de todos los que allí habíamos estado que más allá de las palabras de agradecimiento, había un sentimiento sincero de haber vivido dos días magníficos, y de haber aprendido muchísimo del hasta entonces misterioso mundo de los quesos. Juan había sido el profesor perfecto, esa persona cercana que te da confianza desde el principio, que te lleva a su terreno y acabas comiendo de su mano. Un gozo, oye.
Desde mi atalaya de profesor, me he preguntado muchas veces por qué los alumnos carecen de ese deseo por aprender. Quizá lo tengan cuando son unos niños, pero es evidente que a medida que van creciendo ese deseo va apagándose hasta en muchos casos extinguirse por completo. Y no quiero criticar al actual sistema educativo. Intentando ser honesto, si a mí con 16 años me hubieran dicho de pasar un fin de semana aprendiendo a hacer quesos, probablemente me habría estado riendo un buen rato. No creo, pues, que ningún sistema educativo de nuestro país, que es lo que conozco, haya tenido la habilidad de inculcar en los pupilos algo tan fascinante como es el deseo por aprender. Cuando uno está poseído por ese deseo, aprender pasa de ser un sacrificio a un total disfrute. Algo hicieron mal entonces y lo seguimos haciendo mal ahora, sin duda.
Juan, hablando de estos temas, se refería al sistema educativo (recordando un programa de Eduard Punset) como un sistema pensado no para la educación si no para la “educastración”. Razón no le faltaba al amigo Punset. En fin, habrá que confiar que algún día los responsables de turno de diseñar los sistemas educativos en una sociedad, se planteen hacer borrón y cuenta nueva, y pertrechar algo totalmente distinto a lo que evidentemente falla constantemente.
