
5 de junio
Fue un 5 de junio, hace dos años, un mañana de domingo apacible y cálida. El corazón de mi hermano decidió pararse, y a los que le queríamos se nos heló la sangre.
Sólo adviertes verdaderamente el valor la vida cuando la muerte llama a alguna puerta cercana a la tuya. Los que lean esto y hayan escuchado ya esos dolorosos golpes, sabrán perfectamente de los que estoy hablando. Y para los que no hayan sufrido esa negra suerte, el mejor deseo, paradójicamente, es que algún día puedan vivir esa angustia, ya que eso significará que todavía siguen vivos.
Y el estar vivo conlleva una obligación moral que es precisamente vivir la vida. Esto es algo que seguramente parecerá demasiado obvio, pero sucede que en muchas ocasiones hacemos poco caso a las cosas demasiado obvias. Y es que la excesiva preocupación por la muerte, por la propia y por la de los que queremos, nos impide vivir. Me viene a la cabeza una frase de Eduard Punset que dice que no debería preocuparnos tanto si hay vida o no después de la muerte; lo que debería preocuparnos es si hay vida antes de la muerte...
Así que en este segundo aniversario de la ausencia de mi hermano, lo menos que puedo hacer (que podemos hacer todos los que le quisimos) es brindar por los maravillosos momentos que pasamos juntos y seguir exprimiendo la vida hasta la última gota que es lo que él nos habría pedido que hiciésemos si su corazón lo hubiese dejado algunos segundos de aliento para regalarnos unas últimas palabras. Gracias por haber existido, querido Vicente. Carpe diem.
