
La barbacoa
He sido invitado a un cumpleaños y dado que la homenajeada disfruta de una magnífica terraza, había decidido agasajarnos con unas viandas asadas en la barbacoa. De entrada el asunto prometía. Pero pronto se han empezado a complicar las cosas cuando ha llegado el momento de encender el fuego y comenzar a hacer la brasada. La barbacoa era nuevecita a estrenar, así que ha sido necesario tirar de manual para ir engarzando todas sus piezas convenientemente. Una vez montado el puzzle, tocaba hacer fuego. Para ello, la mocica había comprado un saco de carbón y una caja de pastillas para encender el fuego. La barbacoa venía con un profuso libro de instrucciones en el que aparecía una completísima tabla con las explicaciones precisas sobre cuántas unidades de pedazos de carbón había que echar en función del tamaño de la barbacoa, del tipo de carbón, y de la cantidad de comensales. También venía indicado el número de pastillas de encender para provocar el encendido y el tiempo en el que se suponía que el carbón se habría convertido en brasa, que era cuando adquiría una tonalidad gris.
Casi una hora después de seguir las instrucciones al pie de la letra para hacer fuego, alguien ha dicho que quizá podríamos utilizar el propio manual para comenzar el encendido... Se ha echado de nuevo carbón esta vez sin seguir ninguna medida, es decir, todo el carbón que quedaba se ha echado al engendro ese, se ha procedido a encenderlo gastando todas las pastillas “enciendefuegos” (la dueña no nos ha dejado usar el manual), y al cabo de bastante rato parece que ya salía suficiente calor de la barbacoa, así que hemos puesto la parrilla con los alimentos a ver qué sucedía. Un tiempo después, y ya con todos los entrantes totalmente digeridos y las provisiones de cerveza agotadas, han empezado a salir los primeros platos de comida a medio asar. A las 6 y pico de la tarde, hemos considerado que ya era hora de tomar el café. Preparándolo en la cocina eléctrica, eso sí.
La evolución de la especie humana queda en entredicho en situaciones como esta. Los primeros homínidos ya dominaban el asunto del fuego hace decenas de miles de años. Pero nosotros, en pleno siglo XXI, con toda la tecnología a nuestro favor (incluso ha habido uno que ha buscado en Internet cómo hacer fuego con una barbacoa...), somos incapaces de hacer un miserable fuego para comer una decena de personas. Y así pasa en muchas otras situaciones. Un puente romano de 2000 años tiene mucho más aguante que cualquiera construido en nuestros días. Lo mismo pasa con los edificios, que cuanto más modernos, antes se desmoronan. Por no hablar de los electrodomésticos y otros objetos de consumo habitual; una lavadora fabricada en los 70 es probable que aún funcione a fecha de hoy (de hecho, mi madre tiene una de aquella época que sé que si la enchufo, se pondrá a lavar sin problemas), mientras que una moderna en 4 ó 5 años ya empieza a dar problemas. O no digamos los objetos electrónicos, que en pocos meses ya casi hay que tirarlos. Pero aquí entraríamos en el tema de la obsolescencia programada, que eso también da para escribir bastante...
En fin, que la especie humana va cada vez más a menos. Recordando la vieja historia de Robinson, si naufragásemos en una isla desierta, no nos daría tiempo a encontrarnos con Viernes...
