Opiniones

Juan Gregorio. La rompida de la hora

Albalate del Arzobispo, Híjar, Calanda… Lugares del Bajo Aragón en los que -cada año- se repite esta celebración, de tenebrismo no lúgubre pero arcano, que hace temblar el suelo y los muros en la plaza principal de cada villa. Con ese sustantivo, rompida, que evita la acción puntual que posee el término rotura, palabra próxima pero desigual. No que la hora, por singular acaecimiento, se halle rota; sino que es preciso romperla, realizar una acción contundente que logre fracturarla. También, si el genitivo tiene otro carácter, la rompida del tambor que –multitudinario y horrísono- estremece los oídos en la hora.

Es la hora tremenda que separa el final del jueves y el inicio del viernes santo. La hora de la vela en el monte Olivete. La hora en que Dionisos aguarda, bajo la tierra, la fuerza incontestable de un origen renovado y universal. La hora del Ave Fénix que cae hasta la ceniza pero guardando conciencia de su venidero renacer. Esa hora terrible en la que –desde siglos- la humanidad ha vigilado como ante el advenimiento de un cósmico acaecer. En esa hora, en la plaza principal de cada villa, se congrega sinnúmero de bombos y tambores organizados en cuadrillas con túnica diferente según la localidad. Cada cuadrilla dispuesta en la forma del círculo. A la señal convenida –pañolazo, o agitación de la vara desde el balcón consistorial, o bien golpe repentino y solitario del bombo- la noche se desgarra, implacable, con el estruendoso sonido de ritmos confusos, que se amontonan tal oleaje que zarandeara la atmósfera, los minutos y aquellos muros pétreos, encalados, o enladrillados en arabesco mudéjar. Calanda celebra a mediodía del viernes este romper la hora que, según percibo, tiene en la noche un lugar más telúrico y elemental.

Hoy, se advierte un cierto desplazamiento del significado de este acto, que declina en una parte su carácter mistérico o religioso y empieza a aproximarse al atractivo turístico, o a la peña con tambores a la puerta del bar. En Albalate del Arzobispo, el alcalde promulga un bando no exento de una dignidad villana y persuasiva: decoro, y orden de bombos y tambores; silencio hasta el instante del romper. Un bando desoído, con carácter general. Con todo, la elegante factura de las túnicas, su negro azabache, pañuelo blanco –casi gorguera- al cuello, el recogimiento de la plaza, y la escena entera de la localidad, hacen de este pueblo un lugar adecuado para asistir.

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