
Ya han transcurrido más de dos meses del 2012 y el panorama mundial sigue horripilante. Miles de familias que a duras penas subsisten, otras que acuden a Cáritas para que se apiaden de ellas, jóvenes que ven cómo su futuro se presenta repleto de inquietudes sin saber si los presagios de que mejorará la situación social y económica que proclama el Gobierno se cumplirán.
Y temen los que aún conservan su empleo que la ruleta rusa de la suerte les de la espalda e ingresen en los cinco millones que están apuntados al INEM.
Y ya no digamos los que ni siquiera cuentan con la ayuda de los famosos 450 euros.
Luego, para redondear este paisaje de terror, la falta de lluvias o nieves que han desertizado las huertas, valles de nuestra región y de España entera. Los lagos y ríos han reducido su caudal considerablemente y los agricultores y ganaderos piensan en abandonar su medio de vida.
Afortunadamente, dentro de unos días estaremos disfrutando de la Semana Santa y, con ella, de la felicidad de nuestras almas, pues la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo reconfortará el espíritu y nos sentiremos más animados. Olvidaremos, por lo menos durante esos siete días, la huelga general que se acerca, las manifestaciones contra las reformas laborales, contra los recortes sociales, contra los derechos del currante que han colmado todas las calles de las principales ciudades españolas y pueblos enteros. Aquí en el Bajo Aragón, también se produjeron, aunque según a quiénes preguntas, fueron un éxito o un fracaso. Los sindicatos CCOO y UGT se sienten contentos con el respaldo del pueblo y, según la derecha eran “cuatro exaltados mal contados”.
Bueno, pero aunque sea unos días, gozaremos de ver cómo a los niños les encanta tocar el tambor y el bombo, acudir y participar en las distintas procesiones. A sus padres se les caerá la baba recordando cuando ellos comenzaban a “jugar” con estos instrumentos, a disfrazarse y a ser uno más de los “fans” de la Semana Santa.
Ya han empezado las “orquestas del viento” y desde los colegios se apuesta a que ningún peque o joven se aparte de esta tradición apegada en nuestra sangre.
Todos ganaremos, desde los comerciantes a los hosteleros, porque verán incrementada en mucho su recaudación diaria y el número de clientes. También los políticos, que se mezclarán con los habitantes del lugar, los enfermos, que se curarán más pronto, los ancianos, que llorarán de alegría al recibir visitas.
En definitiva, nos sentiremos dichosos y gritaremos “Viva la Semana Santa”.
